Las huellas del Grijalva …

Víctor Ulín

A unos cuantos metros de su casa, en Gaviotas Sur, el río Grijalva respira amenazante todavía.

Don Francisco Primo Pérez conoce muy bien el lenguaje del agua que durante un mes anegó su casa y la de miles más que comparten un mismo destino.

En la azotea de su casa vivió bajo un plástico con su esposa Juana hasta hace una semana que el río Grijalva comenzó a descender y quedó al descubierto la tragedia compartida con los vecinos y extraños: la pérdida de sus colchones, de su refrigerador y de su ropero.

Aquí le ha tocado vivir tres inundaciones. La primera en su casa que se tragó el río en el 2007 y las dos restantes de ahora en este domicilio del sector Cedral, carretera a Torno Largo, en Gaviotas Sur, la popular colonia que los medios electrónicos transmitieron decenas de veces en los canales nacionales y extranjeros, y en las redes sociales.

-¿No tuvo miedo?

-No. Jamás.

No abandonó su domicilio para que no le robaran sus pertenencias, pero no pudo librarse de la bravura del agua que creció rápidamente hasta un metro de altura, copando los muebles que había alzado con antelación sobre unos ladrillos.

-El agua te avisa-, me dice, acompañado en su hombro por Lucas, el loro, su mascota, parte también en este naufragio.

Desde la entrada de la colonia Gaviotas Sur hasta el Sector Cedral, en las esquinas el río dejó evidencia de su paso: montones de muebles y enseres domésticos despedazados que ni el carretón de basura aún viene a recoger.

-En el sector Cedral estamos los olvidados-, me asegura don Francisco.

Su queja tiene fundamento. La ayuda que recibió para sobrevivir con su esposa vino de la sociedad, “porque la de los militares y del gobierno solo se las veía pasar” sin que se detuvieran en su casa a dejarles algo. El que siempre lo asistió fue su jefe Dagoberto, el dueño de la empresa donde ayuda al mantenimiento de las pipas.

Huevos, frijoles y las sopas nisin que” todavía tengo en el estómago (ríe)”, fue lo que comió durante un mes que se mantuvo en la azotea de su casa, donde su esposa, trabajadora doméstica en los tiempos normales, cocinaba con la leña que había logrado guardar.

Sus hijos, Francisco y Lourdes, el primero vive en Guanajuato y la segunda en Chiapas, les pidieron varias veces abandonar su casa y refugiarse en las de ellos. Pero la sola idea de que les robarían todas sus pertenencias si se marchaban, hizo que se quedarán hasta que bajarán las aguas del Grijalva.

-¿Y si nos enfermamos? ¿Cómo les vamos hacer?- le preguntaba su esposa, varias veces llorando,   conforme los días pasaban en la azotea y el río seguía creciendo y avanzando en las calles y colonias aledañas.

-Pero gracias a Dios no nos enfermamos y salimos con bien-, refiere don Francisco, aunque admite que solo en los momentos difíciles es cuando nos acordamos de “Él, nuestro Señor”.

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