El Sol Sobre los Ojos

No importa cómo se llame la ciudad en la que se esté, se está siempre en la tierra natal.

Juan José Saer/

Audomaro Hidalgo/

Es innegable que la versión oficial de la historia de nuestro país ha sido vista y construida siempre desde un punto de vista centralista, dejando en segundo término, o a veces de plano omitiéndolas, otras realidades históricas no reconocidas por los discursos del poder, por los lugares desde los cuales se enuncian estos discursos: la política, los medios de comunicación masiva, los organismos culturales, la Academia, etc. Ahora mismo imagino un mapa de la república mexicana. Imagino que ese mapa no tiene divisiones políticas ni geográficas, tan solo veo los contornos que dibujan el territorio nacional. Imagino que debo definir algunas zonas coloreándolas: el sur tendría que ser verde y azul, el norte amarillo, café y naranja y la parte central gris y blanca. La lectura reciente de El sol sobre los ojos. Conversaciones sobre el norte literario y Norte. Una antología me hizo concebir este fugaz mapa cromático.

Ambos libros han sido comentados por Eduardo Antonio Parra (Guanajuato, 1965). El primero reúne cinco ensayos sobre la vida y la obra de escritores nacidos en el norte del país: Jesús Gardea, Carlos Montemayor, Rogelio Treviño, Martin Luis Guzmán y José Fuentes Mares; el segundo es una selección de cuentos hecha por el propio Eduardo Antonio de autores que van desde Alfonso Reyes, Julio Torri, José Revueltas, Edmundo Valadés, Nellie Campobello e Inés Arredondo, pasando por Daniel Sada, David Toscana, Federico Campbell y Elmer Mendoza hasta desembocar en narradores como Cristina Rivera Garza, Julián Herbert, César Sil, César Silva Márquez, Juan José Rodríguez y Luis Felipe Lomelí por mencionar a algunos. Es innegable que en toda antología nunca se estará de acuerdo con la selección, porque elegir también significa eliminar, y en este Norte hay un irreparable hueco casi del tamaño del desierto de Sonora, porque no figura una escritora que será central en la literatura mexicana: Claudia Reina. Nacida en Nogales, Reina ha publicado el libro de cuentos Paranoias y las novelas Esto no es una pipa, La visita del señor Morhl y próximamente El mejor de los universos posibles, que editará Ficticia. En el caso de Claudia Reina estamos ante una narradora capaz de lograr lo que pocos escritores de ficción: atrapar desde el inicio y no querer dejar de leerla: lúcida y lúdica. La visita del señor Morhl es una novela escrita con madurez y agudeza, llena de un humor desbordado y de pasajes memorables (la escena del enano en el autobús, la golpiza en el bar “La salamandra”, etc.). Claudia Reina sabe reírse del entorno pero sobre todo no teme desmontar y burlarse de la literatura misma, aunque al inicio, y quizá por eso mismo, Daniel Molina, ese joven personaje tragicómico, confiesa casi como avergonzado y pidiendo disculpas: “Supongo que no soy la única persona a la que la literatura le ha arruinado la vida”. El tema central del libro, más que el regreso del Distrito Federal a Hermosillo, en una búsqueda desesperada por encontrar al padre, es el de la escisión de la conciencia, las grietas de la mente. Este es también el tema (y acaso lo sea ya de toda su literatura) de su primera novela, Esto no es una pipa.

Los cinco ensayos reunidos en El sol sobre los ojos abordan diversos aspectos sobre escritores nacidos en Chihuahua. El primero de ellos, “Jesús Gardea: la palabra y sus mundos”, escrito por Liliana Pedroza, es un texto que comienza y termina siendo emotivo gracias a un recuerdo de infancia que se confunde con el paisaje mismo, una imagen recurrente detenida en la memoria, pero lo singular de este hecho no es la rememoración en sí misma, sino el hecho de que “en ese recuerdo no hay sonidos”, memoria más visual que auditiva, propia de un escritor de ficción. Tan callada es la imagen que vuelve que se funde con el vasto desierto chihuahuense.  Pero lo más interesante del ensayo de Pedroza son los vínculos que encuentra entre la obra de Gardea y la de ciertas narradoras norteamericanas: McCullers, O´Connor y Welty, a partir de los rasgos psicológicos de los personajes que habitan estas historias. “A mi parecer, lo que permanece en el ambiente entre estos autores del sur de Estados Unidos y el norte de México es que esa rareza que se subraya es solamente la condición natural del hombre” apunta Liliana Pedroza. En el segundo ensayo, “Carlos Montemayor: la otra respiración”, el autor, Ramón Jerónimo Olvera, hace una interpretación derivada de La poética de la ensoñación para aplicarla de manera forzada a la obra de Montemayor: “Interpretar su poesía desde las ideas de Bachelard” como el mismo autor lo señala. Por momentos el texto se vuelve una galería de citas, hay apreciaciones de Olvera aparentemente críticas como: “La memoria para el poeta es terreno minado: el riesgo de explosión es inminente, por eso debe caminar cauto y alerta: un mal paso y estalla…” o “La relación que Montemayor establece con las palabras es de abierta claridad, no una claridad neutra, sino transparente…” o esta última, Montemayor “escribe desde el mítico origen, desde esa entraña que nos dicta cosas ilegibles”. Reneé Acosta es la autora del tercer ensayo, “El siconauta del Septentrión: Rogelio Treviño”. La obra de Treviño es prácticamente desconocida fuera de Chihuahua. Como se nos informa en el ensayo, este poeta siempre vivió, creció, bebió, amó y murió en su estado, todo lo contrario a los otros cuatro escritores comentados en el libro, que en su momento decidieron abandonar su ciudad para radicar en la capital, cuyas obras tienen cierta resonancia en la literatura mexicana. Renée Acosta acierta a dibujar el retrato muy romántico tal vez de Treviño, pero es lástima que la autora se haya dejado llevar más por la emoción que por darnos a conocer una mirada más general de la obra de este autor y sobretodo de Septentrión. Las siete estrellas de la Osa Menor, “primer poema épico que se escribe para Chihuahua”. Sea o no el “primer poema épico” (¿es también el primero que se escribe en México?) nos habría gustado saber más de las igualdades pero sobre todo de las diferencias que Acosta señala de paso entre Septentrión y Hikurí, poemario de José Vicente Anaya, poeta nacido también en Chihuahua. El cuarto texto es de Fernando Hernández González y se titula “Martín Luis Guzmán alias “Silvio” o “Estrella de oriente”. Una existencia atélica en el Ateneo de la Juventud”. Es este el ensayo más logrado, por la clara exposición de sus ideas, por la lectura asimilada y atenta que demuestra de la obra del autor de La sombra del caudillo, especialmente de La querella de México y A orillas del Hudson y sobre todo porque nos muestra el drama interno de una personalidad errática y acaso timorata como la de Martin Luis Guzmán. Sin reclamar derecho de arraigo para su sujeto de análisis, Hernández González no deja cabo suelto y nos lleva desde la dudosa y “problemática” pertenencia de Guzmán al Ateneo de la Juventud, la permanente atracción que suscitaba en Reyes y Torri, sus constantes desapariciones hasta su destacada aparición como ensayista, aunque después se decantaría por la narrativa y publicaría las dos novelas por las cuales lo recordamos. A través de la mirada de Hernández González, Martin Luis Guzmán se nos revela como un ser complejo, dramático y profundamente mexicano. El último ensayo, “La imagen perdida del desierto: un acercamiento a la obra de José Fuentes Mares” de Javier Mariano Rubio, combina el fervor por la patria chica con la biografía de Fuentes Mares, la figura polémica del historiador con su trayectoria intelectual, la admiración  desbordada con la confidencia inefable: “encima de todo lo que ha significado la lectura del maestro Fuentes Mares, me renueva el orgullo de ser chihuahuense”, nos dice el autor. En suma, Fuentes Mares “es un chihuahuense imprescindible para comprender al México contemporáneo y para poder reconocernos en el tiempo y en el espacio”. Pero ¿cuál es la visión que esta obra nos presenta de nuestro país? ¿Qué fue México para José Fuentes Mares? Rubio no nos lo dice. Por último, quizá valga la pena señalar un dato. José Fuentes Mares publica México en la Hispanidad. Ensayo polémico sobre mi pueblo en 1949 y un año después, en 1950, Octavio Paz da a conocer El laberinto de la soledad. En el fondo, lo que este hecho nos revela es el debate y la reflexión insoslayable que existía en aquel tiempo sobre la identidad mexicana o el ser mexicano, que quedó plasmada en éstas y otras obras.

En El sol sobre los ojos, Eduardo Antonio Parra habla al pasar de “las características de la literatura del norte”. Pero es en el prólogo de Norte donde Parra nos dice cuáles son esas características que él considera propias de la literatura escrita en aquella zona del país: lenguaje, geografía, acción (entiéndase psicología y temperamento de los personajes), influencia de Estados Unidos, experimentación e internacionalización. Las tres últimas son cuestionables puesto que no son rasgos únicos de la llamada “narrativa de la frontera”. La influencia de los Estados Unidos existe en todo el país y se extiende a todos los ámbitos, incluido el arte y la literatura. En el caso de la experimentación: no es una condición exclusiva de la narrativa, ciertos poetas mexicanos del momento también la han puesto en práctica, algunos con mayor fortuna que otros.

Sin duda es pertinente seguir discutiendo la idea de las “literaturas regionales”, toda vez que la noción de “centro” desde hace muchos años ha desaparecido de nuestro horizonte y ha perdido su vigencia. El hecho de que el Distrito Federal haya pasado a ser un estado más, con su propia constitución y lo que ello implica, es un síntoma y una prueba de que el país ha perdido simbólicamente su centro, su punto neurálgico, aunque muchas de las decisiones que inciden en nuestra realidad se sigan tomando ahí.

Es innegable que el medio exterior incide en la percepción de todo artista, de cierta manera condiciona su creación. “Geografía es destino” dijo un escritor. Lo mismo pasa con el lenguaje: el español que se habla en el norte (“léxico y hábitat constituyen el pensamiento y el modo de ser norteños” dice Parra) no es el mismo que el del sur, al mismo tiempo estos dos “acentos” son muy distintos al uso lingüístico de la zona metropolitana y del resto del país. Pero todos estos modos de ser del habla se engloban en una misma realidad, más vasta y más rica: la realidad del lenguaje castellano.  Por esta razón, hablar de una “tradición regional” o de una “tradición del norte” que “nació entera, de una pieza, sin fisuras ni titubeos” trae consigo el supuesto de una “tradición del sur”, que existiría-y tal vez existe- si tomamos en cuenta las tres primeras características mencionadas por Parra. Es verdad, México es un país complejo y por esto mismo “es muchos países y cada uno de ellos cuenta con particularidades que lo distinguen de los demás”. Sí, es cierto, no existe una sola y única versión de México, ni en lo histórico ni mucho menos en lo literario a pesar de la visión profundamente etnocentrista con la cual han construido la imagen del país. Sea literatura del norte, del sur, del este o del oeste, lo importante es cómo habitamos esa “tierra natal”  que es nuestro rico y variado lenguaje.

 

 

 

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