La poesía tabasqueña de Francisco J. Santamaría

Audomaro Hildalgo/Ensayo/ Agosto 2016/

Tal vez Poetas yucatecos y tabasqueños (Mérida, 1861) sea la primera publicación en la que se consigna una selección, preparada por Manuel Sánchez Mármol (Tabasco, 1839) y Alonso de Regil y Peón (Yucatán, 1839), de poetas del sur de la república mexicana, específicamente de los estados de Tabasco y Yucatán.

Acaso sea también la primera publicación antológica de poetas mexicanos hecha en todo el país. No hay que olvidar que la Historia crítica de la poesía en México, preparada por el influyente Conde de Heras, Don Francisco Pimental, data de 1883 y que la famosa Antología del centenario de Justo Sierra, Luis G. Urbina y Pedro Enríquez Ureña, en la que se agrupó la producción “más representativa” de la poesía mexicana del siglo XIX, fue publicada en dos tomos el año 1910.

Más adelante aparecen otras antologías canónicas, por ejemplo la Antología de la Poesía Mexicana Moderna (1928) de Jorge Cuesta. Sin embargo, Poetas yucatecos y tabasqueños es muy anterior a todas estas publicaciones. Ochenta años después de haber sido publicada la antología de Sánchez Mármol y de Regil y Peón aparece La poesía tabasqueña. Antología y semblanzas literarias (México, 1940), realizada por Francisco J. Santamaría.

Al tiempo que Santamaría preparaba y publicaba su libro, otra antología se estaba gestando: “En los primeros meses de 1940 la editorial Séneca, que dirigía José Bergamín, nos encargó a Xavier Villaurrutia, Emilio Prados, Juan Gil Albert y a mí, una antología de la poesía moderna en lengua española. El libro Laurel apareció a mediados de 1941”, señala Octavio Paz.

No trato de comparar ambas publicaciones, la del lingüista y lexicógrafo Santamaría y la de los poetas españoles y mexicanos, porque el enfoque de cada una de ellas es extremadamente distinto, sólo quiero situar estas publicaciones en su contexto histórico y subrayar la necesidad ineludible que había en ese momento de la vida nacional de conformar una identidad propia frente a otras maneras de ser plenamente realizadas.

¿Acaso Santamaría escuchó hablar de la gestación de Laurel? En ese momento, Santamaría vivía en la Ciudad de México y estaba inmerso en la dinámica cultural de la capital, asistía a los cafés de moda de la época, donde solían reunirse escritores, artistas y toda clase de soñadores inquietos.

Seguramente se enteró de oídas de la preparación de esa “maldita antología” como la llama el mismo Paz.

Pero centrémonos en el libro de Santamaría. Desde el inicio éste deja en claro su propósito: “He querido con este libro reivindicar ante la lírica nacional valores auténticos (…), valores que antologístas nacionales (¿se refiere a los antologadores de Laurel?), atolondrados o pagados de suficiencia, nunca han querido conocer ni dar a conocer, porque el sureste no ha tenido trompa que haga sonar sus glorias en los cenáculos de la altiplanicie literaria de Méjico”.

Aparte del tono ligeramente exacerbado de Santamaría, su juicio sigue muy vigente. Es innegable que hemos sido formados por un discurso etnocéntrico, que ha dictado e impuesto las directrices de lo que pretende sea la poesía mexicana, ignorando que México no se compone de un solo acento generado en el centro de la república, sino también por los muchos registros lingüísticos que se viven en el resto del país y que han sido incorporados, quieran o no, a la dicción de la poesía mexicana.

Pero lo cierto es que en el momento de la aparición de Laurel sólo Carlos Pellicer (Villahermosa, 1898) y José Gorostiza (Villahermosa, 1901) podrían figurar en esa lista: son escritores tabasqueños, o mejor dicho son poetas profundamente mexicanos que escriben con amplitud, rigor y al mismo tiempo con cabal libertad en la lengua española, que dotaron así a la poesía mexicana de otros acentos y nuevas vías expresivas.

Con su publicación, Santamaría continúa y prolonga a Poetas yucatecos y tabasqueños, pero también la contradice: “De la poesía de Tabasco se trata”, señala en el introito, donde también nos dice que decidió incluir “algunos poetas, aunque no tabasqueños ciertamente, cuya obra literaria fue hecha en Tabasco y tiene ambiente y sustancia del alma de Tabasco, porque allí la realizaron (el subrayado es mío: Santamaría escribe en ese momento desde la Ciudad de México) y porque hicieron familia tabasqueña; de tal suerte que su poesía es tabasqueña por esencia”.

Desgraciadamente Santamaría pasa muy rápido y se olvida de aclararnos qué es esa “sustancia del alma de Tabasco”. Por último, un parámetro más de selección se enfoca “a los que siendo hijos de padres tabasqueños y habiendo crecido y educádose en Tabasco, por una contingencia sin importancia nacieron en territorio ajeno, menos cuando este territorio no difiere en nada, ni geográfica ni socialmente, del nuestro”. O sea, lo que Santamaría quiso hacer es una muestra de poetas estrictamente tabasqueños, según sus parámetros y consideraciones sobre lo tabasqueño. Antes de continuar es necesario detenerse en algunos puntos antes citados.

Cada pueblo tiene una visión de la realidad y una manera de estar en ella, de comprender el mundo. Hay pueblos cuyas raíces son muy profundas y antiguas, como el pueblo mexicano. Pero esas raíces no crecen en una sola dirección, avanzan debajo de la tierra y se enlazan con otras, así le dan mayor firmeza a lo que sostienen: una nación.

La realidad esencial de un país son los hábitos, creencias y costumbres que ponen en juego la manera particular en cómo se concibe y se entiende el mundo. En el caso del mexicano, hasta mitad del siglo pasado, hubo grandes y necesarios esfuerzos intelectuales por dilucidar y aclarar qué significa ser mexicano.

Por aquellos años abundaron los estudios sociológicos, antropológicos y psicológicos para comprender el fenómeno de lo mexicano. En este sentido, la antología de Francisco J. Santamaría se inserta en ese contexto, porque en el fondo su propósito no era más que un reflejo de la misma necesidad: somos mexicanos, pero mexicano no es el de una sola región sino que lo es también el del norte y el del sur, el del occidente y el de la península. Todas estas regiones afirman sus diferencias y al mismo tiempo forman parte del mismo país. Acaso la mayor contribución de La poesía tabasqueña sea más de índole histórica que literaria, en tanto se trata de mostrar y reflejar la “sustancia” de un pueblo en particular: Tabasco.

Ahora bien, si Santamaría hubiera hecho esta antología hace unos años, el escritor Fernando Nieto Cadena (Guayaquil, 1947) necesariamente tendría que estar incluido en su selección. Llegó a México en 1978 y se radicó en Villahermosa desde los años ochenta. En Tabasco ha escrito prácticamente toda su obra, que abarca la prosa, el ensayo, la crónica periodística, la burla y el improperio verbal y por supuesto la poesía.

Pero si buscáramos en ella esa “sustancia tabasqueña” sería como buscar un guijarro en el desierto: nunca la vamos a encontrar.  Poesía de nuestro tiempo: es un vertiginoso afluente en el que convergen el ritmo de la música del caribe (la salsa, el merengue), los sonidos del danzón mexicano, el cine, fragmentos discursivos de la teoría literaria, el psicoanálisis y la filosofía: todo cabe en una página sabiéndola escribir, parece decirnos la escritura de Nieto Cadena. Todo eso y más sumado a una conciencia muy despierta y aguda sobre el lenguaje poético, que para Nieto Cadena es algo así como un molde en el que caben todos los ingredientes.

Poesía que no da concesiones al lector: intentar leerla es un reto y requiere de una paciencia a prueba de todo. Fernando Nieto Cadena abrió otro camino a la poesía escrita en Tabasco, a la visión que de ella se tenía, así la ha enriquecido y la ha ensanchado.

Además del prólogo de Santamaría se incluye un texto escrito por Noé de la Flor Casanova, quien después de las flores arrojadas sin pudor al antologador se despide transcribiendo de éste dos poemas, de los cuales sólo retengo el siguiente verso: “de tu mirada siento el hondo rayo”.

La antología no tiene divisiones ni apartados, se trata de un  bloque petrificado que llega a ser un largo bostezo no tanto por la extensa lista de nombres sino por el tono casi invariable de los poemas, que parecen haber sido escritos por un solo autor, preso de su hábitat.

Hoy muchas de esas páginas ya no se dejan leer con gusto. El tiempo, dictaminador insobornable, ha hecho su propia selección: apenas cuatro o cinco nombres de poetas incluidos en esta lista no dejan de ser actuales. Aunque algunas veces la apreciación de la realidad es festiva y en otras el punto de vista llega a ser deliberadamente triste, en el fondo la mirada es la misma: en casi todos los poemas predomina la apreciación y descripción del paisaje: árboles, ríos, aves, el calor, la gente y sus costumbres, las puestas de sol, las campanas de una iglesia, paseos al caer la tarde, el bullicio del puerto, la sensación de soledad y el sentimiento de la angustia, noches extensas y el rumor vasto del campo pueblan esos textos.

El poema no es una creación verbal sino una acuarela. En este sentido Carlos Pellicer resume a los escritores incluidos en este libro. Los resume y los trasciende: le otorga una visión del mundo a esa característica que en los otros autores no es más que un feliz hallazgo o una exclamación sentimental, enfática, como toda expresión superficial.

Pellicer va más allá del paisaje sin salirse de él, está en el mundo pero dialoga con él: el mundo está vivo porque el poeta así lo siente y lo percibe, no es sólo una entidad inanimada sino una imagen creada de la realidad. Parte de la realidad objetiva para llegar a otra realidad más profunda: la de la creación poética. Esta es la diferencia esencial entre Carlos Pellicer y sus antecesores tabasqueños.

Cuando Santamaría da a conocer esta antología, Pellicer ya había publicado sus cuatro primeros libros (Colores en el mar, 1921; Piedra de sacrificios, 1924; Seis, siete poemas, 1924; Hora y 20, 1927), en los que asimila y despliega los recursos de la poesía moderna y le proporciona un nuevo registro a la poesía mexicana que se escribía en aquellos años. Tal vez sea a causa de su enorme e innata capacidad creativa que agota muy pronto sus recursos estilísticos: Carlos Pellicer nunca se contradijo a sí mismo, hay indicios en su obra (por ejemplo la “Oda a Salvador Novo”) que pudieron abrir un camino distinto hacia otro registro en su escritura, pero que Pellicer nunca siguió, acaso porque no se dio cuenta de las posibilidades que su propia búsqueda le ofrecía. Es como si hubiera estado frente a una encrucijada y optara por el trayecto conocido. Esto fue lo que llevó a Octavio Paz a afirmar que Pellicer es el mismo de principio a fin.

Pero por otro lado, Carlos Pellicer fue siempre consciente de su ser tabasqueño, hizo profundamente suya esa “sustancia del alma de Tabasco” que menciona a las carreras Santamaría, y la insertó para siempre en el panorama de la poesía mexicana, así dotó a ésta de una voz nueva y distinta, enriqueció su lenguaje y amplió su horizonte estético. Por esta misma razón trasciende el ámbito local al que redujo fatalmente su libro Santamaría, una selección demasiado condescendiente, porque en el afán de querer incluir a todos y hacer una antología de “la poesía de Tabasco”, termina siendo una fiesta pública demasiado grande de sus afectos, que hoy no es más que el recuerdo de una triste resaca.

Abstraído y solitario, reticente, ocupado hasta el hartazgo en su despacho burocrático, a José Gorostiza no le hacía falta figurar en la antología de Santamaría, sin embargo su inclusión la hubiera enriquecido enormemente.

En la breve semblanza hecha por Santamaría sobre Pellicer, dice: “No es, por tanto, para darlo a conocer en este libro, sino para honrar al libro mismo”. Si es así, ¿no hubiera sucedido lo mismo con la presencia de José Gorostiza? De acuerdo con los criterios de selección de Francisco J. Santamaría, Gorostiza debió figurar en su lista. Nació en Tabasco, vivió sus primeros años en Villahermosa antes de trasladarse a la capital para continuar sus estudios de secundaria y preparatoria, su primer libro, Canciones para cantar en las barcas (1925), está atravesado de principio a fin por eso que podría ser la “esencia tabasqueña” que pedía Santamaría como requisito para entrar a su “Parnaso Tabasqueño”.

Esta es una razón más que suficiente para que Santamaría, al menos, hubiera incluido unos cuantos textos de Gorostiza. Resulta muy difícil creer que Santamaría ignorara el nombre de este poeta y es casi imposible que, viviendo en la Ciudad de México, desconociera que José Gorostiza había publicado ya su obra mayor: Muerte sin fin (1939), uno de los grandes poemas de la lengua española del siglo pasado.

Tal vez Francisco J. Santamaría, con ser un erudito, no se dio cuenta en su momento de la importancia y significación de este poema. La erudición no es necesariamente sinónimo de intuición estética. O quizá no encontró en él esa “sustancia del alma de Tabasco” y por eso decidió hacerlo a un lado. Si no encontró esa “esencia tabasqueña” en Muerte sin fin es porque felizmente no existe tal cosa en este poema: Muerte sin fin va más allá de esta fijación estrecha y pertenece a un ámbito más vasto y más rico: el del idioma castellano.

Lo que separa a Gorostiza de los poetas nacidos en Tabasco es su vena reflexiva, presente en su poesía. Si bien es cierto que su temperamento crítico no llegó a cuajar en un sistema de ideas, hasta ahora no hay un escritor nacido en Tabasco que continúe y prolongue esa veta abierta por Gorostiza, como poeta (Del poema frustrado y Muerte sin fin) y como ensayista (Notas sobre poesía y Prosa). Aunque José Gorostiza no fue admitido en ese cónclave lírico rebasó su frontera y tuvo mayor alcance: Muerte sin fin figura al lado de los grandes poemas de la lengua castellana escritos el siglo pasado, además con la publicación de este libro José Gorostiza incidió profundamente, al igual que Pellicer, en el discurso de la poesía mexicana y contribuyó a darle un nuevo temperamento, o mejor dicho nos recordó ese temple que ya Sor Juana nos había mostrado en su Primero sueño: poesía que reflexiona al mismo tiempo que canta, canto que se vuelve pensamiento sin dejar de ser poesía.

En la semblanza literaria que redacta Santamaría de Domingo Borrego (1860-1936) lo llama “Satírico, por esencia y excelencia. El versificador más popular que ha tenido Tabasco”. No le falta razón a Santamaría: Domingo Borrego introduce un tono muy particular y distinto en el panorama de la poesía escrita hasta ese momento en Tabasco. Encontrarse con los poemas de Borrego entre tantos lamentos y alabanzas al unísono que abruman al lector, es como abrir una ventana y sentir oleadas de aire limpio en el rostro: sus poemas nos despeinan y nos arrancan una sonrisa y nos sentimos reconfortados por ese aire que viene del fondo de un espíritu que nos hace  ver la realidad de otra manera. Domingo Borrego era un temperamento festivo, que sabía reírse de los demás con su agudo sentido del humor, su blanco fueron siempre el sector social compuesto principalmente por algunas familias acomodadas, pero sobre todo se encarnizó casi hasta la intolerancia con los actores políticos de aquella época, de quienes no se apiadó nunca. El periodismo fue su arma de combate permanente, fue el medio a través del cual se dio a conocer como un poeta con ingenio, lo hizo con gracia y desparpajo, con el ánimo de quien aparenta no tomarse las cosas tan en serio, ni a la realidad ni a los otros, mucho menos a sí mismo, pero que en el fondo es tan sensible que no puede ser indiferente al más mínimo acontecimiento de su realidad inmediata.

El lenguaje de sus poemas muchas veces adopta el tono de la crónica o el retrato, es directo y aún conserva toda su frescura, como si el autor hubiera escrito sus poemas anoche y esta mañana, luego de una noche intranquila y pasada en vela a causa de ese otro calor más intenso, el insomnio, leyéramos sus textos en una sección del periódico: sus poemas son una rabiosa afirmación de la vida.

Ramón Galguera Noverola (1914-1979) es autor de dos libros de poesía: Examen de primer grado (1951) y Solar de soledades (1964). Noverola era conocido en el círculo literario de Tabasco en gran parte gracias a la amistad que desde siempre mantuvo con Carlos Pellicer, cada vez que éste regresaba de vacaciones a Villahermosa era motivo para que ambos se encontraran en alguna cantina del centro o en la casa de algún amigo en común. Galguera Noverola también había vivido en la Ciudad de México y había estudiado en la Escuela Nacional Preparatoria, donde Pellicer era profesor. Es muy probable que en aquellos años de la capital Francisco J. Santamaría y Ramón Galguera Noverola se hayan conocido. Esto explicaría su inclusión pero no la justifica: Ramón, el muchacho de veintiséis años en el momento en que Santamaría da a conocer su antología, no había publicado un solo libro.

No dudo que Pellicer le pudo haber sugerido a Santamaría el nombre de este joven poeta inédito hasta entonces. Esto hace más evidente el error insalvable que Francisco J. Santamaría cometió al no incluir en su nómina a José Gorostiza. ¿Por qué publicar a uno y a otro no? Si el mismo Santamaría estableció sus parámetros de selección, según los cuales Gorostiza pudo haber entrado por la puerta de adelante en su proyecto ¿por qué no lo incluyó? Quizá el hecho de que Noverola estudiara en la capital y volviera a Tabasco, al igual que su incursión en el periodismo, así como su afición a la oratoria y su militancia en algunas campañas políticas, pudo haber atraído la atención de cierto sector cultural hacia el joven Galguera Noverola.

En aquellos años Villahermosa era una ciudad muy pequeña, cuyo centro de actividad cotidiana se reducía apenas a unas cuantas cuadras y toda la gente se conocía. Como tantos otros poetas, la vida de Ramón Galguera Noverola fue la de un gris empleado, trabajó muchos años en un banco local y en sus últimos años de vida regresó a la Ciudad de México, donde laboró en la Secretaría del Trabajo. A parte de un viaje a los Estados Unidos por motivos burocráticos, no se conoce que haya salido del país antes ni después de este viaje. Su vida prácticamente transcurrió en Tabasco sin grandes sobresaltos, su drama fue más bien interno. Si gran parte de los poetas consignados en La poesía tabasqueña se caracterizan por ser muy visuales, en Ramón Galguera Noverola esa mirada se convierte en una mirada interior. Con este gesto, Galguera Noverola expulsa el sol central del trópico de la poesía escrita en Tabasco y su lugar lo ocupa el fondo insondable del ser, el poeta se asoma a sí y lo que encuentra son “las flores del pantano”. Ramón Galguera Noverola abre un nuevo camino en la poesía escrita en Tabasco, cuyo continuador inmediato es Ciprián Cabrera Jasso.

 

 

 

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