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Niños tzotziles: multiusos del asfalto en Tabasco

Reportaje/

Salma Abo Harp/

Para el chófer de un taxi amarillo en Villahermosa, ver a menores trabajando en las principales avenidas hasta la madrugada es normal: “Siempre ha sido así. Limpian vidrios. Venden chicles. Hacen malabares e incluso tragan fuego. También dice que los ha visto empleándose como cargadores en los mercados públicos de la ciudad como el Pino Suárez o el de la colonia Tamulté.

Entre la Avenida Universidad y Ruiz Cortínez la luz roja del semáforo nos detiene y el taxista aprovecha para agregar: “En esta avenida había muchos niños. Regularmente en las mañanas”.

A las dos de la tarde, el asfalto ardiente y la luz del sol provocan un calor pegaso y extenuante.

Sé que para encontrar menores trabajando debo dirigirme al Centro , el casco antiguo de la Ciudad.

En Tabasco, los resultados del Módulo del Trabajo Infantil del 2013 realizado por el Instituto Nacional de Geografía e Informática reporta mas de 67 mil menores de entre 5 y 17 años “ocupados”, cantidad suficiente para llenar siete veces una nave del Parque Tabasco.

Al respecto,  Alejandra Arias Gómez, coordinadora de  Aldea Por los Niños, una Asociación Civil dedicada a realizar labores preventivas en el estado para reducir la violencia en la niñez, comenta que también los niños migran para trabajar.

En Tabasco, afirma, la mayor proporción de los niños provienen de Chiapas, los dos estados con más índice de población en pobreza extrema.

Sobre las calles más antiguas de Villahermosa, es común encontrarse con menores trabajando.

“Desde niño mi papá me llevaba al centro y ya estaban, creo que es algo muy antiguo”, responde por mensajes de Facebook Pedro Luis Hernández Gil, un escritor que emplaza seis días a la semana un tianguis de libros usados en el Parque Corregidora.

“Unos se quedan y los más jóvenes están por temporadas”, refiere el librero, ya que los niños vendedores con los que ha hecho amistad son originarios de San Juan Chamula, municipio chiapaneco con 94.8 por ciento de habitantes en situación de pobreza a donde los infantes vuelven en semana santa o cuando festejan a su santo, en el día de San Juan.

Si caminas por la Zona Luz o el Parque Juárez, verás a niñas y niños que pasan más de doce horas sentados con una canasta de dulces delante. Hay otros que recorren el Centro Histórico de la capital ofreciendo boleadas por 10 o 20 pesos o quienes venden chicharrones, frutas en carretas y pozol que transportan en tambos de plástico sobre triciclos. La mayoría de estos menores pertenecen a la etnia maya tzotzil que habitan los municipios como San Cristóbal de las Casas y San Juan Chamula.

Alejandra Arias y Pedro Luis coinciden que, -en charlas mantenidas con ellos-, cuando el idioma lo permite -muchos menores apenas hablan español- éstos les comparten que vienen a trabajar con sus madres, o tíos, siempre con alguien de su familia.

El Artículo 32 de la Convención de los Derechos del niño que México adoptó en 1991 sostiene que “es obligación del Estado proteger al niño contra el desempeño de cualquier trabajo nocivo para su salud, educación o desarrollo; fijar edades mínimas de admisión al empleo y reglamentar las condiciones del mismo”. Desde el 13 de junio de 2015 el artículo 123 de la Constitución prohíbe que menores de 15 años trabajen. En el 2014 existían en México más de dos millones y medio de menores entre 5 y 17 años “ocupados”; se les ve en los cruceros de las grandes urbes, en minas al norte, sobre campos en la agricultura y en las zonas costeras pescando.

El principal motivo: trabajan para suplir los gastos en la escuela y de otro tipo; el segundo, es porque el hogar necesita de su trabajo.

En una calle peatonal veo a un adolescente enjuto, de camisa arrugada y botas negras con las puntas decoloradas.

Está sentado sobre una banca bajo la sombra de un árbol; una canasta de mimbre llena de dulces y con cajetillas de cigarros reposa frente a él. Cuando me presento y le hago algunas preguntas las responde tímido, en monosílabos o afirmando con la cabeza. Al parecer el chico habla poco español, es un indígena tzotzil, ha “bajado” de San Cristóbal para trabajar vendiendo dulces y obtener ganancias que oscilan los 50 pesos diarios; dice tener 18 años, pero su rostro refleja menos edad. Los próximos días, -incluso el domingo- estará vendiendo dulces en la misma calle adoquinada.

Los pueblos tzotziles actualmente se concentran en los altos de Chiapas, una región de pequeños valles y montañas con alta pobreza en la que entre el 50 y 68 por ciento de los niños presentan algún grado de desnutrición. Según datos oficiales del CONEVAL, Chiapas es el estado con mayor índice de pobreza y marginación en el país: 76.2 por ciento de la población sufre al menos de una carencia social “y su ingreso es insuficiente para adquirir los bienes y servicios que requieren para satisfacer sus necesidades alimentarias y no alimentarias”.

Para loa tzotziles es usual migrar a Tabasco en busca de recursos y servicios de salud tan básicos como medicinas para la gripe.

Sobre esta situación, Alejandra Arias comparte: “Al gobernador le enviamos una carta cada víspera del 30 de abril, en donde se le pide la protección inmediata de estos niños y el establecimiento de un convenio con el estado de Chiapas, la restitución de sus derechos, el acceso a la educación” hasta la fecha, no han obtenido respuesta. Para Arias es importante apostar por el desarrollo de la niñez mexicana y explica: “empoderando a tus niños, les proporciones una educación de calidad, alimento, salud y el derecho a una vida libre de violencia vas a tener una sociedad que a va a ser creativa, productiva y que por sí sola va a generar cambios para erradicar la pobreza”.