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No fue Profeta; regresó siendo el Mesías

*Víctor Ulín/ Tabasco Hoy/16/10/2018/
No necesita decir que está contento. Ni que se siente bien en su tierra y en su agua. Su sola presencia sobre este templete de madera y fierro que le da la espalda al Palacio de Gobierno -al que, ironías y contraste de la política, entró hoy únicamente como Presidente Electo y nunca cómo gobernador- es una tautología.

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Con su regreso ante los suyos, a mes y medio de asumir el poder presidencial, confirma la tesis cristiana : no fue profeta en su tierra, pero regresó siendo el Mesías.
A los de abajo, los que lo acompañaron en sus mítines, marchas y éxodos, por las afectaciones de Pemex o el fraude electoral de 1994, les basta con verlo y que les hable de nuevo. En su mismo lenguaje.

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Se lo gritan varias veces. Es la frase cantada que se ha hecho himno a fuerza de repetirse: ies un honor, estar con Obrador…!
Y están los petroleros de la sección 14 y de la 48 demandando justicia y castigo para sus actuales líderes sindicales; los trabajadores de contratos de la Secretaría de Salud; los burócratas estatales de la sección 08 de Huimanguillo que con sendas lonas le dan la bienvenida al Presidente Electo de México. Los liderazgos naturales de comunidades y tantos anónimos que contribuyeron al nacimiento de Morena y a su triunfo.

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También anda entre la gente doña Elodia de la Cruz que acompañada de su esposo busca al que recibe las carpetas de peticiones.
El Presidente Electo de México -el primer tabasqueño- no miente cuando afirma que conoce a la mayoría de los que están en esta Plaza de Armas para escucharlo en su gira de agradecimiento por todo el país.

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Hay muchos hombres -de sombrero – y mujeres– de vestidos coloridos- que sumaron sus años y destinos para apoyar en su travesía política al paisano que -recordaría el maestro de ceremonia- comenzó a los 24 años en los Camellones Chontales.
Bajo este sol y calor de casi medio día que humedece los huesos, se amontonan las caras morenas de felicidad . La esperanza de que a Tabasco y a su gente – a la más pobre – le vaya bien y alcancen a vivir con dignidad un poco de la vida que les queda y hereden a sus hijos y nietos un mejor futuro.
“Ese régimen corrupto” -acusaría Obrador- que durante décadas solo engendró pobreza.
Por eso -sería lo primero que diría en su mensaje como único orador y atestiguado por dirigentes de Morena, alcaldes, legisladores y el gobernador electo, Adán Augusto López Hernández que aguantaron estoicos el calor- les aseguró que no les fallará. Que cumplirá sus promesas.
De memoria, sin discursos escritos, explica los programas sociales que beneficiarán a los estudiantes, a los jóvenes sin trabajo, a los campesinos con tierras pero sin ganado ni árboles, a los adultos y desempleados que deambulan sin suerte.
Pero el anuncio del borrón y cuenta nueva – lo querían escuchar de sus labios- enciende los ánimos y la celebración en toda la Plaza de Armas. El compromiso público volvió a firmarse con la palabra: él desaparece la deuda -los abusos- de la Comisión Federal de Electricidad y todos los presentes se comprometen a pagar de nuevo…
No hubo despedida. Tampoco hizo falta. Cuando sea Presidente -asegura- vendrá cada mes a Tabasco… La plaza olía, esta vez, a victoria.

*Esta crónica fue publicada originalmente en el periódico Tabasco Hoy

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Los Adioses

Víctor Ulín/

Fui, -en 86 minutos-, 152 miradas. Una hora antes había dudado en comprar el boleto cuando sentí el impulso de ver la película después de fijarme en su horario en la pantalla electrónica. La verdad había ido a la plaza a conciliar con el tiempo y la vida, pero es inevitable que revise la cartelera para leer la sinopsis y el origen de los filmes. La reacción es mecánica.
Me tomé el tiempo de duda para tomarme un café-, el verdadero motivo de mi venida-, y regresar a la taquilla. Pagué 56 pesos. Lo mismo que cobran para el ingreso de las otras películas en cartelera y que Cinépolis promueve en su aplicación digital. La de Los Adioses (2017), no, por lo menos las veces que desde casa revisé la cartelera en mi móvil. Sabía de su estreno nacional por una nota difundida en la sección de cultura del noticiario del Canal Once.
Mi función comenzaría a las 7: 55 de la noche. El boleto lo había comprado justo a las 7:30. Disponía de 25 minutos para llegar a la sala 7, sentarme en mi butaca I1, negra, acojinada; observar a que la gente llegara con sus combos de palomitas, nachos y gigantescos refrescos de cola cola; que apagaran las luces y comenzara, como siempre, como es habitual en los estrenos o en películas taquilleras.
Pensé en comprarme unos nachos tradicionales, pequeños, y tomar parte de los 25 minutos para formarme en la fila. Tuve que llamar a la chica que recibe los boletos en la entrada para que revisara el mío, solo para dejarme la parte que conserva el número de mi butaca.
Pasé. Y unos pasos previos a la fila, me detuve. Volví a dudar. Desistí de tentar a mí vesícula con el queso de plástico que acompaña a los nachos. Sería mejor comprar unas botanas en el Oxxo de la Euro Plaza, -pensé- mucho más baratas y sanas- y no habría ningún problema en guardarla en la bolsa delantera o trasera de mi pantalón sin que se notara. Le pedí permiso a la joven para salir.
En el Oxxo no encontré la barra mexicana de dulce de cacahuates acaramelados combinada con semillas de calabaza y amaranto que me gusta. Sostuve en mis manos cacacuates salados y enchilados de varias marcas, pero finalmente no elegí ninguno y salí, a prisa, del lugar, con los nachos apareciendo en mi mente, pero firme en mi decisión.
Le enseñé a la joven mi pedazo de boleto e Ingresé otra vez. Camino a la sala me detuve en la dulcería decidido a comprar algo para entretener mi apetito durante la película. Repasé cada uno de los dulces y casi estuve a punto de comprarme unos agridulces rojos.
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Era la sala 7. Lo comprobé dos veces. Una, cuando ingresé, y la otra, antes de subir los escalones y sentarme en mi butaca, sin nachos y sin dulces, para corroborar que no me había equivocado. En alguna ocasión –ya no recuerdo en qué lugar ni año- me había sucedido y prefería cerciorarme de que en esta sala proyectarían la película mexicana.
Pensé de nuevo: en unos minutos más, o durante los 10 cuando inicie la proyección de la publicidad, las noticias de Uno y avances de las otras películas, empezarán a llegar parejas en ciernes, melosas, grupos de amigos, amantes, cinéfilos y otros, cargando sus combos grandes o medianos.
Desde mi butaca, la I1, puedo mirar el resto. Repaso varias veces las 152, -restando la mía- que ocupan esta sala, dividida en 11 filas, de arriba abajo: 1 de 17, 3 de 15 y 7 de 13 butacas.
En eso estaba cuando la sala quedó oscurecida y toda la luz preñó a la pantalla.
En las primeras imágenes de la película –que van de lo borroso a lo claro, a propósito- muestran dos cuerpos desnudos, sobre una cama. Los dos actores principales que personifican a la escritora Rosario Castellanos y al filósofo Ricardo Guerra, hacen el amor. Despacito, mientras la cámara les esculca hasta los pies entrelazados de ambos. No hay siseos. Ni risas inmaduras. Ni nadie metido en su celular revisando su facebook ni enviando mensajes. Me siento un voyerista en la habitación de los protagonistas que vivieron una relación amorosa en el filme -y en la vida real- de contrastes y contradicciones, propias de dos almas que ni el tiempo ni la muerte puede separar.
Alguna vez, estudiante universitario entonces–recordé- viví una experiencia similar en el Hospicio Cabañas de Guadalajara. No era, -a diferencia de esta ocasión, un complejo cinematográfico, sino la pequeña sala de cine que estaba al fondo del inmueble, atravesando los pasillos después de pasar por el mural de “El Hombre en Llamas” de Orozco. El frío de aquélla vez era más fuerte. Ahora, en esta sala comercial, ni el frío se siente.
Por un momento temí que cancelaran la proyección de los Adioses si quien estaba al frente de la misma no lograba verme sentado en la parte superior, entrando, a mano izquierda de la sala. Temor, infundado, lo sé. Como en el teatro, la función inicia con o sin espectadores. Por lo menos eso dicen los productores y actores cuando los entrevistan los reporteros para refrendar su vocación en el cine o en el teatro.
Durante los 86 minutos que dura la película, con imágenes reales de la escritora chiapaneca compartidas al concluir el drama, aplacé, incluso, mi ida al baño para no perderme una escena ni una frase de Rosario y –en el fondo- para que la sala no se vaciara.
Solidario, – a una hora y media del Grito de Independencia este 15 de septiembre-, me mantuve, ahí, entre las 152 butacas a esperar a que la película finalizara con sus créditos y patrocinadores. A las 9:34 de la noche la pantalla volvió a quedarse ciega, sin voz y sin cuerpo. Y la sala se mantenía a oscuras. Sospecho que el responsable de la proyección no contó las butacas antes de apagar las luces.

 

 

Una noche con Bunbury en  la sala de emergencias

*Por Vianney Fernanda Morales Segovia/ Foto google/

Cuando la olla repicó en la mesa, el joven de apenas un metro cincuenta y cinco de altura sintió los 30 grados de calor recorrer la mitad de su cara. El ojo le palpitaba y sus pequeñas manos roñosas tocaban sutilmente las ásperas ampollas en busca de alivio.

El ardor del joven se fundió con la brasa de las parrillas donde la carne se cocía, tan roja como su cara y tan blanda como su piel.

-Los brazos me fallaron. No calculé bien y se me sobó la olla. – dijo con voz trémula al doctor.

El médico lo observaba con las manos dispuestas en las mejillas, evaluándolo con una expresión gélida, casi taciturna. Los años de trabajo continuo le habían quitado por mucho la chispa del asombro, y, con ella, se había ido su juventud, alejaba pavorosa dejando los primeros ápices de canas platinadas en las oscuras raíces negras.

Detrás del escritorio cromado en forma de pera se encontraba el paciente Leo, seudónimo con el que había sido bautizado y trabajador de la compañía  del mismo nombre.

La piel tostada y reseca envolvía los 56 kilos de pesor. La cara ovalada, ahora desproporcionada por las ampollas, le daba un matiz de vejez que no le pertenecía, creándole rasgos pétreos, anchándole la nariz y la frente pero reduciéndole los ojos al tamaño de una almendra. Los únicos atributos que permanecieron intactos fueron las pequeñas orejas y el ondulado cabello oscuro descuidado por la falta de tiempo.

-Apenas empezaba mi turno cuando pasó mi desgracia. Estaba cambiando una olla de frijoles a otra cuando se me resbaló y cayó sobre la mesa y de ahí namás’ sentí lo caliente del frijol cuando me salpicó.- le explica, apenado, al doctor, consciente de su torpeza.

A un costado de la silla del paciente se hallaba un pequeño joven que rondaba el metro setenta, de complexión media, como de 75 kilos, tan joven como cualquier freidor en busca de dinero para costear sus estudios. Era el compañero de labores de Leo y el único que lo auxilió y acompañó al médico.

-Yo lo escuché gritar – intervino el compañero para dar detalles del accidente de Leo –: estaba friendo la carne cuando vi que se empezó a chorrear el frijol sobre su rostro y todos se hicieron bola para ayudarlo, pero nadie hacía nada, entonces agarré un trapo de la cocina y lo remojé con tantita agua y se lo puse para que no le ardiera tanto.

Al escuchar el relato del joven, el doctor se removió entre su asiento giratorio forrado de un azul oscuro que discrepaba con el aspecto monótono y blanquecino del consultorio.

Se levantó de un solo impulso y, con tan sólo 3 pasos, acortó la distancia que existía con su paciente.

La bata blanca le revoloteaba indecisa cuando la mano del doctor se posó en su bolsillo izquierdo en busca de una gasa con la que minutos después tanteó la cara de Leo para examinar la gravedad de las quemaduras, cuidadoso y evitando palpar los puntos afectados. Primero le acarició la mandíbula y posteriormente le recorrió la cara completa, desde el arco de las cejas tupidas hasta la comisura de los labios resecos en forma de línea recta, que a la par de los toques se fruncían intentando reprimir el dolor.

-Y ¿a qué hora ocurrió el accidente?- preguntó el doctor dirigiéndose a ambos jóvenes.

-Como a las 7:30- respondió el compañero de Leo.

Al escuchar la respuesta, el doctor ladeó la cabeza en dirección a la pared del costado izquierdo y se cercioró del reloj que indicaba que eran las 21:35.

– Y ¿por qué tardaron tanto en traerlo?- cuestionó el doctor.

-Es que no estaba mi gerente y tuve que esperarla un rato pa’ poder salir, sino me descuentan el día. – justificó el joven herido, que aún mantenía los ojos cerrados y los pies inmóviles.

-Si hijo, pero no debiste esperar tanto, ya hasta ampollas tienes. – le explicó el doctor con tono severo, entrelazando los dedos.

-Lo siento – se disculpó Leo – es que se ponen muy pesados sino reporto porqué me voy.

-Pero primero tienes que pensar en tu salud y después en todo lo demás- lo reprendió el doctor.

Al escuchar la reprimenda, ambos jóvenes asintieron a modo de respuesta; el enfermo por obvias razones y el acompañante por acto reflejo o culpa disimulada.

El consultorio, al igual que toda la sala exterior del hospital público, estaba envuelta con un aire gélido. El aire acondicionado cumplía su función y por ello el amigo de Leo mantenía las manos en los bolsillos del jean desgastado por el uso, aquel que ocupaba exclusivamente para el trabajo y que combinaba con la polo blanca que al pasar de los años se había tornado amarillenta y percudida, hasta el punto de transformar el logo de la empresa en un molde inteligible de tonos opacos.

Pasados algunos segundos, tan lacónico como es debido, el doctor pidió los datos correspondientes al paciente: razón social, puesto (ayudante de cocina), estado civil, dirección, peso y alergias. Las interrogantes de igual forma fueron respondidas con brevedad.

-Bien, te explico, si algo sucede durante tu jornada laboral, se tiene que levantar un documento donde se indique lo ocurrido, y así se tomará como riesgo de trabajo. – dijo diligentemente el doctor.

Al escuchar la explicación del médico, el paciente asintió a modo de respuesta y con resignación.

El doctor tecleaba lo ocurrido en el monitor: una pequeña pantalla con bordes negros colocada en la esquina del escritorio que iluminaba su cara y los lentes angostos de armazón delgado brillaban de la misma forma haciendo más evidente el paso de los años, pues contorneaban burdamente las arrugas de su frente y le remarcaban el ceño.

Mientras las teclas resonaban al son de los dedos, Leo continuaba en silencio, con su paño blanco y húmedo que era lo único que le daba sensación de sosiego en su cara.

Visto de fuera, el consultorio se miraba pequeño. No decepcionaba saber que por dentro era tal cual, tan sobrio como cualquier hospital público, con cuatro paredes blancas algo tintadas por el tiempo que poco a poco fueron adquiriendo un tono marfil.

Al cruzar el acceso de entrada se hallaba de frente un mueble para escritorio de superficie blanca y laterales plomizos. Detrás, una silla giratoria y, delante, un asiento sencillo con almohadillas oscuras que utilizaban los pacientes. En la pared frontal se ve un botiquín de primeros auxilios, acompañado de dos armarios dispensadores con algunos materiales médicos: gasas, apósitos estériles, guantes desechables, curitas, motitas de algodón, termómetro, desinfectante, entre otras cosas.

Adentro, en el consultorio, su amigo estaba parado al costado de Leo, cruzaba las piernas, balanceándose ligeramente sobre el pie derecho. No quería demostrar su aburrimiento, pero sus gestos lo delataban. Durante la consulta permaneció de pie debido a que solo había una silla.

Por encima de la orilla del escritorio se encontraba un frasco atestado de depresores linguales, vulgarmente conocidos como abatelenguas o “palitos de paleta”.

De costado al monitor había una impresora, encima del escritorio y por debajo de una pequeña pizarra verde con bordes plateados. Colocada sobre ella varios avisos y recomendaciones adheridos con un pin.

Al terminar el doctor de redactar la receta, el sonido de la impresora resonó. Era un sonido rectilíneo, robótico; tres sonidos breves y uno más prolongado.

El doctor se acomodó en su asiento y con la mano derecha se ajustó los lentes que constantemente tendían a deslizarse del arco de la nariz a la punta de la misma.

Extendió la mano hacia el acompañante y dio la receta que aún conservaba el olor de la impresora.

-Le entregué la receta a tu amigo. Te receté varios analgésicos que necesitas tomar- dijo el doctor dirigiéndose a Leo –, pero solo si el dolor es excesivo.

El doctor giró apenas unos centímetros la cabeza en dirección al acompañante de Leo.

-Mira, ve a la enfermería para que te entreguen los medicamentos – le pidió. El compañero estaba situado en el mismo lugar desde que llegó. Parado con las manos en las caderas y con buena disposición para hacer lo que le había dicho el doctor, sin embargo, se daba tirones en el oído; no sabía dónde se encontraba la enfermería.

-La enfermería está al final del pasillo, de aquí a la izquierda. – le dijo el doctor, percatado del inconveniente.

Dos minutos después, el amigo de Leo cruzaba el umbral de la puerta con las medicinas en brazo.

-Saca las gotas que están en la caja pequeña y pónselas. – le ordenó el doctor.

El acompañante obedeció cordialmente y con 3 maniobras precisas le inclinó la cabeza a Leo. Le abrió los ojos en busca de espacio suficiente y ágilmente vertió dos gotas en cada uno. Ahora su cara expresaba su dolor con aquellas lágrimas falsas.

-Te voy a otorgar incapacidad por 3 días: viernes, sábado y domingo. – le informó el doctor- y no se te olvide que tienes que volver el lunes a revisión en tu Unidad Médica Familiar.

Nuevamente ambas cabezas asintieron.

-Muchas gracias doctor- dijeron al unísono ambos jóvenes.

Se retiraron los dos. Leo agarrado fuertemente del brazo de su compañero y el acompañante sin decoro alguno junto a él.

 

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Fuera del consultorio, en la sala principal, la interna más joven al percatarse de la salida del paciente tomó un papelillo cuadrado y enunció al turno siguiente. Para llegar al consultorio los pacientes tienen que atravesar la puerta que divide la sala de espera y la sala principal. Al cruzar se encuentra un pequeño recibidor con dos sillas plásticas que sirven para los acompañantes, aquellos que solo pueden pasar si es necesario.

En una pequeña antesala, a un costado de la puerta principal, hay varias sillas dispersas sin afán de estorbar, donde dos internas se sientan en sus ratos libres después de llamar a los pacientes. Una báscula y una mesilla metálica hacen juego con la decoración.

Una silla de ruedas atravesó la entrada de la puerta. Poco a poco el cuerpo apareció y detrás la figura de una mujer mayor. Un señor de avanzada edad yacía en una envejecida silla de ruedas, con enmendaduras al costado de los aros propulsores y el óxido impregnado en los reposapiés; las gafas oscuras cubrían la cicatriz de la reciente operación de cataratas.

Su aspecto físico indicaba una secuencia de enfermedades recurrentes y añadiéndole valor distintivo se encontraba el ceño preocupado de su cónyuge. Se notaba por sus arrugas marcadas en la frente que no era la primera vez que se encontraba en esta situación.

-Hola, buenas noches doctor- dijo la señora.

-Buenas noches- respondió cortésmente el doctor – dígame, ¿qué le ocurre al señor?.

-Ay doctor, a este hombre qué no le pasa – enfatizó la señora. Al escuchar la respuesta con ese tono, el doctor reprimió una risa ligera. No es cortés reirse de las desgracias de los enfermos.

-¿Algún problema en específico?- preguntó el doctor.

El paciente en silla de ruedas continuaba en silencio. No había dicho ni una sola palabra desde que había entrado al consultorio, pero su lenguaje corporal revelaba su aflicción. Las comisuras de sus labios se le inclinaban hacia abajo y temblaban al igual que todo su cuerpo. Tenía la cabeza gacha y el cuello en la misma posición.

Por sobre los hombros le caía una fina manta de tela en tono grisáceo, que le cubría parte del cuello y espalda. Una camisa de madrás moteada de verde oscuro hacía juego con el pantalón de loneta color caqui. Ambas prendas muy amplias para su complexión. Aquellos pies que poco a poco habían perdido la movilidad iban cubiertos por unas sandalias negras de plástico con un diseño básico entrelazado por dos tiras de cuero.

-Pues tiene fiebre y tiembla mucho y no ha querido comer desde temprano. – le detalló la señora un tanto preocupada al doctor.

-Sí, ya veo. –respondió el doctor.

El doctor se levantó de su silla. Tres pasos y un estirón de brazo bastaron para que agarrara el termómetro de la repisa.

-Le voy a tomar la temperatura- dijo el médico dirigiéndose al señor en silla de ruedas.

El señor simplemente asintió.

En menos de un minuto el termómetro ya se hallaba debajo del brazo del paciente.

-Tiene 38°C – dijo el doctor con el termómetro en mano.

-Mire señora, le voy a recetar medicamentos, pero le recomiendo que le dé un baño con agua fría y si no se puede, mínimo póngale compresas con hielo.

-Sí, está bien “doc”.

El doctor tomó un abatelenguas del frasco de vidrio y se dirigió al paciente, a quien le pidió que abriera la boca y en un atisbo repentino le insertó el pequeño molde de madera en la lengua hasta dejar ver el estado de su garganta. La pequeña úvula se movía de un lado al otro tan inquieta como la esposa del señor.

Al verificar que no tenía infección y que las amígdalas no estaban inflamadas, se dio media vuelta para lavarse y desinfectarse las manos en el lavabo que se encontraba en la esquina de la habitación, frente a la camilla de exploración que contaba con un escalón y un taburete, accesorios que frecuentemente soportaban el peso de los niños que aún no alcanzaban la camilla.

De regreso a su asiento, el doctor arrojó el abatelenguas en la bolsa verde que recubría el cesto cromado ubicado a la izquierda del escritorio, donde ya se hallaban acumulados varios palitos más  apilados y representaban a los pacientes que atravesaban la pequeña sala de Atención Médica Continua.

Pasados tres minutos, el médico con voz ronca anunció el diagnóstico: Fiebre.

El sonido de la impresora se activó y rápidamente imprimió la receta electrónica de formato prediseñado. Después de diez minutos el paciente junto a su esposa hicieron su recorrido por el pasillo con destino a la sala donde le otorgarían sus medicamentos.

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Foto crónica Vianney

22:30: la silla detrás del escritorio se quedó vacía por algunos minutos. El doctor salió por los pasillos buscando algunos documentos. Dentro del edificio relucían en las paredes diversos carteles y señalamientos en tonalidad verde que informaban las secciones a las que correspondían los pacientes dependiendo de sus padecimientos.

La sala principal parecía el sistema nervioso. Contaba con dos áreas importantes: la central y la periférica. Dentro de la sala de urgencias estas áreas están formadas por cubículos, cada uno dividido por una densa cortina antibacteriana moteada por un verde pálido que ofrece un acceso rápido tanto a los pacientes como al personal médico.

Por su parte, la sección central estaba constituida por 5 cubículos o neuronas denominados primer contacto, curaciones, yeso, observaciones y sala de reconocimientos múltiples, títulos que se leían en grandes letras blancas. Cada sector contaba con una camilla, a excepción de la sala de observaciones, donde se encontraban 3 camillas enumeradas ubicadas al fondo del área general, frente a la farmacia del hospital.

En la sección periférica se encontraban dos cubículos que fungían como consultorio y farmacia, donde se encontraba el reducido número de medicamentos que ofrecía el hospital.

Debido a que en el hospital se trabajaba una jornada de 24 horas, existían 3 turnos. La actividad diurna iniciaba desde las 7 de la mañana hasta las 2 de la tarde, seguida por el turno vespertino que abarcaba de 2 pm a 8:30 pm y finiquitaba con el horario nocturno que cubría 9 horas y media  a partir de las 9 pm.

El servicio de limpieza intermitentemente aseaba el área, fregando los pisos con el trapeador y una vez que había quedado limpia la zona, la desinfectaban con productos específicos para ello.  Dentro del hospital se respiraba un aire limpio. Olía a aquellos aromatizantes que usualmente colgaban del retrovisor de un auto familiar.

23:15. El silencio gobernaba dentro del hospital.

23:25. Los pacientes dejaron de llegar. De pronto una leve melodía comenzó a sonar. Enrique Bunbury cantaba en toda la sala a través del teléfono móvil del enfermero en turno. El acorde atravesaba los corredores iluminados del hospital, las lámparas circulares abarcaban los metros de pasillo en la estancia.  La gutural voz de Bunbury creaba una copla perfecta con la oscuridad que se filtraba por los grandes ventanales y las paredes vidriosas.

23:45. En la antesala, sentadas en sillas de oficina, se encontraban dos internas jóvenes, una más alta que la otra, peliteñidas y recién graduadas; en una silla aparte un enfermero treintón pasado de peso las acompañaba. Se habían puesto de acuerdo respecto a las horas placenteras de sueño que a cada uno le correspondía. Habían acordado levantarse cada 2 horas. A la pasante más pequeña la iban a despertar a la 2:00 am, a la siguiente a las 4:00 y al enfermero a las 6:00 am.

Las tazas de café resonaban en busca del néctar de los mañaneros y los desvelados y se volvió un frenesí cuando se dieron cuenta que el agua caliente se había agotado en la planta baja. Todo quedó apacible, sin ruido. Los pacientes habían dejado de llegar.

*La autora es alumna de la licenciatura de Comunicación de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), México, y la presente crónica fue elaborada para acreditar parcialmente la asignatura de Géneros Periodísticos.

Danna, hija…

Rocío Villalobos/

—¿Sabes qué se me vino a la mente?
No respondo verbalmente, lo miro con curiosidad a pesar de sentir mi mente a mil kilómetros de distancia de mí. Estoy en blanco.— se me vino a la mente la canción “el regalo más grande”, no sé por qué. —sonríe y le sonrío de vuelta.
Nos despedimos con un beso, abro la puerta de la camioneta, enciendo el motor y lo pongo en marcha.
El regalo más grande.
Suspiro.
La letra de la canción viene en automático a mi cabeza. Comienzo a cantarla en susurros y entre las lágrimas.
Supe, entonces, que no volvería a estar sola jamás.
Toqué mi vientre, dentro de mí, aferrándose a la vida, había el regalo más grande que Dios me pudo haber dado.

•••
¿Habrá algún momento que supere cuando escuchas el llanto de tu hijo al nacer? Tu piel se eriza, el corazón se te hincha de amor, es increíble el inmenso amor que sientes por una persona que no conoces por sólo el hecho de haberla llevado en tu vientre.
¿Pero cuando la miras tan pequeña e indefensa y tan tuya?
Es indescriptible.

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Danna:
Hace un año, la noche anterior a la fecha de tu nacimiento, me sentía tan nerviosa y  melancólica. Desde el primer día que supe que estabas aquí, conmigo, te volviste mi compañera de vida. Fueron 9 meses que te llevé dentro de mí y compartíamos todo momento. El hambre, la tristeza, el enojo, la incertidumbre, el amor…
Por ello, cuando llegó el penúltimo día de mi embarazo, me sentía demasiado triste por tener que compartir aquello que tú y yo teníamos, con los demás. Quería tenerte siempre, siempre dentro de mí, porque a pesar de que no podía verte, ni hablar contigo, para mí, sentir tus pataditas y moverte era todo lo que necesitaba.
Pero me equivoqué.
Nada se compara con el momento en que te tuve en mis brazos por primera vez.
Nada se compara con tus sonrisas en las mañanas espiándome desde la cuna. O los besos que me das mientras ríes traviesa. Y los 365 días que te he visto crecer, mientras me debato entre agradecerle a Dios porque cada día estás bien, sana y feliz, y querer parar el tiempo y retenerte así, pequeña y toda mía por el resto de mi vida.
Me gustaría que ya no crecieras más, que nadie te haga daño, que te mantengas siempre así. Como mi bebé.
Pero sé que es imposible.
Justamente hoy, estás cumpliendo año de vida y ha sido el año más hermoso y pleno que he vivido.
Gracias Dios, por permitirme vivir y guardar en mi corazón cada risa, llanto, abrazo, beso.
Gracias, Danna Georgina, por llegar a mi vida y demostrarme lo que es el amor verdadero, puro y sincero.
Gracias por este año a tu lado.
Te amo…

Cuando pitcheé por cien mil pesos…

Crónica/

Pako Domínguez/

Siempre me ha gustado la idea de hablar en público y, sin embargo, suelo sufrir de nervios cada que estoy en un escenario.

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El martes de la semana pasada llegué con algunos amigos a Guadalajara para la octava edición de Campus Party México. Quizá se enteraron porque Ito, publicista al fin, hizo que medio Tabasco lo supiera (excepto la prensa). Joel, Ivan, Paola y Bruno completaron el grupo.

Recién aterrizamos, se nos hizo saber que podíamos participar en el Hackathon, una competencia en la que gana aquel que use la tecnología para resolver una problemática en específico. Decidimos entrar. No llevábamos preparado absolutamente nada y aun así, había cierta fe en el grupo acerca de lo que podíamos lograr.
Por algunas situaciones, solo nos pudimos inscribir Paola y yo. Teníamos la idea: crear una aplicación de educación financiera. Teníamos el primer problema: no somos programadores, ni desarrolladores web, ni nada que se le parezca. Joel resolvió el inconveniente y, a media noche del miércoles-jueves, le dijo a Karla Lorena -quien para ese momento jugaba Nintendo- “¡Oye! ¿Eres programadora? ¿Quieres estar en nuestro equipo?”. Ella resultó ser programadora y aceptó estar en nuestro equipo.

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El viernes recibí un mensaje, Mariana Duarte encontró mi número telefónico pegado en el tablero de anuncios y me dijo que podía ayudarnos en el diseño gráfico y en programación. El equipo estaba completo.

Y empezó el juego. La primera fase era definir conceptualmente el proyecto. Lo hicimos. De 40 equipos, clasificamos 20 a la segunda ronda. Se nos dijo que estábamos en el lugar número 13 y que debíamos esforzarnos para pasar a la tercera ronda.

Curioso fue que todos los equipos clasificamos a la tercera ronda, presentando bocetos del prototipo tecnológico que estábamos desarrollando. Ésta ronda consistió en presentar nuestro prototipo ante gente de Citibanamex y Billpocket. Era el último filtro para llegar a la final, que consistía en hacer un pitch en uno de los escenarios montados en Expo Guadalajara para el evento. Nunca supe por qué, tal vez porque no entiendo de códigos web, pero nuestro prototipo tuvo problemas para andar en tiempo real y parecía que quedábamos fuera. Y, a pesar de eso, algo les llamó la atención, porque mientras intentaba distraerlos con los conceptos que desarrollamos sobre la marcha, hubo tiempo para responder preguntas. -Al rato nos muestras el prototipo bien -dijeron.

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Estábamos fuera. Esa ronda consistía en presentar un prototipo y no lo hicimos. No sé qué pasó por la mente de Rena y Mariana, que siguieron programando. Como si todo marchara bien.
Una hora después anunciaron a los finalistas. Nuestro equipo estaba en la final

Acostumbrado a contar chistes y hacer conversaciones con extraños, la noche anterior me había dormido a las 6 de la mañana porque estaba conociendo gente e invitándolos a negocios multinivel. Fue el entrenamiento que utilicé en dado caso de que pasáramos a la final. Algunas personas me dijeron: “Fuimos finalistas en el Hackathon de Zacatecas; nos faltó un buen pitcher. Contigo hubiéramos ganado”.

Así que, tras perder más de la mitad de las actividades del Campus, los esfuerzos habían dado frutos. Tenía cinco minutos para exponer nuestra idea. Si ganábamos, tendríamos 100mil pesos y la victoria en uno de los hackathones más grandes del mundo.

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En nuestra categoría compitió Payit. Más de 90mil descargas y 25 pesos si bajabas su app, me hicieron pensar que ellos ganarían.

Mientras tanto, me dediqué a escuchar, por tres horas, dos de mis canciones favoritas: Vivo para Ti y Arde en Mí, fue lo único que sonó en mi mente ese tiempo. Simultáneamente escribí la presentación en Keynote. Recurrí a los memes. En un mundo carente de fe, Dios es la mejor opción. Siguiendo la misma lógica: en momentos de tensión, la risa que los memes te pueden dar, servirán de aliciente.

Le avisé a mis papás que estaba en la final de un evento importante; tardaron en entenderlo. Pamela Uribe me marcó para darme indicaciones; después oró por mí. Joel hizo lo mismo.

De repente, el momento se tornó más espiritual de lo que uno esperaría. Hacía apenas dos días, había caminado toda la Expo GDL, y había pensado: “Dios, quiero estar en uno de estos escenarios el próximo año”. Y en menos de 48 horas, el sueño se iba a cumplir.
Dieron las diez de la noche y en el grupo de whatsapp de mi familia, papá me dijo “lo que va a pasar, ya pasó”.

Entendí que Dios está en el juego.
Para las diez y cuarto, la tercera llamada se ejecutó, y la fila empezó a avanzar. Ito, que lleva años viéndome predicar, exponer e intentar hacer stand up, se acercó y oró por mí. Él sabe lo que en otras ocasiones me habían hecho los nervios, pero aquí no había margen de error.

Empezó el juego. Subí al escenario a las 10:50 de la noche. Tomé el micrófono e interactué con el público, con los couches y los jueces. Eran los mismos sujetos que habían permitido que pasara a la final sin un prototipo al 100%. No sé qué pasó, pero no tuve nervios. Acaso la gente de Esperanza De Vida que oró por mí, sin saber bien a bien por qué oraba. O tal vez Joel, que mientras grababa el pitch, me felicitaba porque todo estaba fluyendo, provocando risas y que me distrajera un poco. Da igual.

Me preguntaron por qué un banco compraría nuestra aplicación, si ellos ya han desarrollado mecanismos.

Respondí que porque nadie cree en las instituciones, incluyendo a los bancos; por lo menos, no los millenials. La gente aplaudió. Eso no es común en el transcurso de un pitch. También dije que somos una generación que estudia, pero con modos distintos, no por ello con menos interés.

Al bajar, el coordinador del Hackathon nos felicitó. “No sé si ganen o pierdan. No sé lo que pasará, pero entendieron el chiste del juego. Lo hicieron. Se la creyeron. Felicidades”. Más de uno me dijo que le había gustado lo que dije. Joel le aumentó gracia al momento, cuando al bajar del escenario me abrazó, celebrando, sin antes haber ganado.

La gente de Infosferas nos entrevistó. Les gustó que dijera que nadie cree en las instituciones y yo respondí que eso lo aprendí en la Iglesia.

Ito se acercó a mí y me dijo: “Pako, por fin lo hiciste. Hoy te superaste, hoy diste el paso”. Y es que él estuvo hace 5 años, cuando en el mismo lugar, en el #DesafioX2 me ganaron los nervios mientras contaba lo que hacía con Siempre Kise Ser. Ahora era distinto.

Algunos dijeron que fue el mejor pitch de la noche. Un buen cumplido, considerando que habían pitchmans consumados en esa categoría.

Y luego pasaron todos los demás. A media noche dieron resultados. Amigos, más de uno nos pronosticó mínimamente un segundo lugar. No logramos ni el tercero. Y ahí terminó el sueño. No había más.

Me tomó media hora asimilarlo. Cuando estuve en condiciones, me acerqué a los jueces. Me felicitaron y me dijeron que soy buen vendedor (¿influirá el que me dedique a eso?). Un chico de 19 años me dijo: “Nadie le ha hablado con tanta energía a mi papá en los últimos 20 años”. Su papá es un alto ejecutivo de Banamex. Después me felicitó por mi discurso. De nuevo, dije que lo más notable de la presentación lo había aprendido en mi Iglesia. El muchacho me contestó que es Jesuita y al decirle que soy Protestante se sintió un poco desconcertado. Eso no evitó que le dijera que los Jesuitas me caen muy bien. Nos dimos un “Dios te bendiga” a modo de despedida.

Me despedí del padre de mi nuevo amigo. Me dio su tarjeta y me dijo “llámame”. Quizá un día de estos vayamos por unos tacos de La Minerva, a donde fui a cenar con mis amigos para celebrar que habíamos llegado a la final.

El del Uber nos preguntó qué tal es el Campus Party, le respondimos que muy bueno. “De hecho, acabamos de perder 100mil pesos en un concurso”.
A las 5 de la mañana, mientras deambulaba por los diversos stands del evento, me topé a dos chicos tocando ukeleles. Me quedé con ellos y después de un rato se anexó alguien más al grupo. Era el organizador general del Hackathon. En la plática surgió que habíamos sido finalistas. Él, y su amigo (¡que organizó las peleas de robots!), nos invitaron al after party del #CPMX8, pero no fuimos porque nuestro vuelo salía temprano.

Debo agradecer a FUERSAMx y a Nacho Lastra Marín, quienes corrieron con todos los gastos para que estuviéramos en tal evento. Sin conocer más que algunos de nuestros proyectos, creyeron en nosotros y gracias a ellos vivimos esta aventura. También a Nata Manjarrez, mi jefe, por darme permiso de ausentarme cuatro días en fechas importantes de trabajo.

Uno suele pensar que los jueces son los catchers, yo creo que no. Seguro que Dios ha de tener el guante y está detrás del plato de home. Él juega en mi equipo, o más bien, yo juego en el suyo.

El sábado, unos minutos antes del pitch tuiteé: “Dios está en el juego”. Y lo estuvo. Lo sigue estando.

Aquí entre nos, un choco será su Presidente: AMLO

 Víctor Ulín/

Diría que es un Santo de carne y hueso que puede hacerle el milagro a los mexicanos.

Si se detiene o se queda un poco más sus paisanos de Tabasco comenzarán a rezarle y le pondrán velas.

Lo adoran.

por
Los tabasqueños lo adoran.

B

Será el último en hablar y en irse.

La gente se le lanzará para tocarlo al final del evento y con suerte le tome una foto o toque la camioneta roja en la que llegó y se irá en medio de un tumulto que lo seguirá hasta que desaparezca entre las decenas de carros que se amotinarán en los alrededores.

La gente que soportará el calor y la espera solo viene a verlo y a intentar estrechar su mano.

El resto de los que estarán en el templete son personajes que a pocos de los presentes les interesará y lo demostrarán cuando abucheen sus nombres anunciados por el presentador.

Andrés Manuel López Obrador les agradecerá a todos la lealtad que le han tenido. Desde el corazón les hablará de sus sentimientos, de lo alegre que se siente de estar entre los suyos.

-¡Los quiero!- les dirá a pulmón tabasqueño. Y apelará a su carta de residencia-: Yo nací aquí.

Selló la alianza con sus seguidores.

Alrededor de 20 mil almas esparcidas en la Plaza de la Revolución atestiguarán este momento histórico.

Lo que vivirán será una réplica de lo que antes han presenciado y escuchado de su líder moral. La mafia del poder que quiere vender hasta el último tornillo de Petróleos Mexicanos (Pemex) y que se regodea explotando  a un pueblo que en apariencia está decidido a cambiar de verdad y a confirmar que la tercera para el tabasqueño puede ser la vencida.

Solo que esta vez la posibilidad de que sea su Presidente de México parece más cercana.

-Los poderosos ya no nos ven mal- confesaría en una entrevista publicada por la mañana en el diario Tabasco Hoy.

-Llegó la hora del Sureste y de Tabasco- dice optimista, mientras le pide a los asistentes guardar el secreto para que nadie se entere-:  aquí entre nos, un choco puede ser Presidente de México.

Aquí entre la muchedumbre la realidad es otra a la que verán y escucharán desde el templete los invitados perredistas, priistas y pvemistas que se sumarán con su firma al Acuerdo Político de Unidad por la Prosperidad del Pueblo y Renacimiento de México.

C

Raúl Ojeda Zubieta es el primero en pasar a firmar el Acuerdo y prueba el rechazo de los asistentes.

-¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

El tres veces candidato a gobernador por el PRD no es bien recibido en las filas de Morena.

Difícilmente Andrés Manuel López Obrador escuche lo que esta gente que me rodea grita desde el fondo y que se va diluyendo a la distancia.

Rosalinda López Hernández, Mario Llergo Latournerie, Armando Padilla Herrera, Marco Rosendo Medina Filigrana, Jesús Selván, Ariel Cetina, y otros nombres conocidos son también abucheados. Algunos ni llegan a chiflidos o a expresiones de molestia.

Me sorprende que cuando Adán Augusto López Hernández es presentado como dirigente estatal de Morena para firmar el Acuerdo sus correligionarios le regateen los aplausos.

Los aplausos que le dieron a Obrador no se lo repiten a su hombre de mayor confianza y su virtual candidato al gobierno de Tabasco para la elección del próximo año.

Adán es el responsable de que el evento sea un éxito en asistencia y organización y de que Morena crezca, aunque con tantos priistas y perredistas parezca un Frankeistein.

Los dirigentes y Obrador deberían escuchar más -y seguido- el sentimiento de sus seguidores que son los últimos en enterarse del arribo de militantes de otros partidos a Morena.

-No nos peleemos entre nosotros –matizaría Andrés Manuel López Obrador buscando el consentimiento de sus seguidores para los nuevos militantes que con un pasado y presente cuestionado llegan a Morena a buscar la candidatura ambicionada que en sus partidos les negaron o les dieron pero perdieron en la elección en turno.

 

 

D

No hubo esta vez una bendición o perdón explícito para los recién llegados a Morena.

Andrés Manuel López Obrador les dio una redención mayor: perpetuar sus nombres en un libro y a partir de este domingo convertirse en fieles y leales seguidores de la causa compartida.

 

 

 

“Hoy fui a recoger mis recuerdos del Pino Suárez”…

Mañana comienza la mudanza de todos los locatarios e iniciará la demolición del mercado público más antiguo de Villahermosa. Volver a caminar los pasillos para desandar los pasos es regresar a un pasado que uno no quiere remover de estas paredes y pisos. Preferiría uno quedarse entre los muros y los escombros bajo tierra para dejar intacta la memoria./

Víctor Ulín/

Hoy fui a recoger mis recuerdos al Mercado Pino Suárez. A mirar tantos rostros que ya no están. A tomar de la mano a mi madre como la última vez –hace muchos años- que caminamos juntos buscando a don Hernán, el vendedor de trompos de dos colores, de canicas de cristal, de baleros y yoyos de madera. Hace ocho meses falleció.

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Los rostros que ya no están.

 

Mañana comienza la mudanza de todos los locatarios e iniciará la demolición del mercado público más antiguo de Villahermosa. Volver a caminar los pasillos para desandar los pasos es regresar a un pasado que uno no quiere remover de estas paredes y pisos. Preferiría uno quedarse entre los muros y los escombros bajo tierra para dejar intacta la memoria.

Mientras avanzo y registro fotos de los locales y pasillos  aparecen los rostros de hombres y mujeres de los que nunca supe su nombre. Fantasmas que también embolsaré y llevaré a casa conmigo este medio día. Son parecidos al señor que me ofrece insistente un maso de perejil o bolsa de limón, o los que me piden con la mirada que compre algo.

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El mercado José María Pino Suárez en la víspera de su demolición.

 

Vine a despedirme de los que ya no están. Nadie, solo yo, sabe que esta será mi última visita al mercado que conocí desde niño por voluntad de mi madre que decidió que su hijo menor la acompañara y, -cual hombre en ciernes-, fuese oficialmente el responsable de cargar el morral repleto de verduras y la despensa de la semana. Un pastelito relleno de merengue era el pago al privilegio de cargar el morral de mamá.

Cuando crecí y mi madre dejó de llevarme, seguí viniendo a veces a tomarme un pozol con un dulce de coco o a comerme un puchero buscando el sabor de casa. Pero desde los días que murió mamá no volví a caminar por los pasillos de este mercado que ahora me parece tan pequeño, tan endeble, tan envejecido, preparado para ceder su lugar a otro más joven.

La última vez que me acerqué, sin recorrerlo, fue para visitar a don Hernán y escribir su historia.

Sentí que tenía una deuda pendiente con el hombre que me procuró el trompo de dos colores y las canicas de muchos que alegraron la etapa más feliz de mi vida.

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Para don Hernán debí ser uno más de los niños que llegaba acompañado de su madre a comprarle un trompo. O quizá no.

Nunca se hubiera imaginado que uno de ellos volvería años después a preguntar por él y a despedirse. A escribir su historia.

Antes de este domingo había intentado localizarlo. Vine ex profeso a buscarlo, pero esa vez no lo encontré y tampoco pregunté a nadie por su paradero. Pensé que no había venido a trabajar. Pasó el tiempo y volví hasta este domingo a buscarlo, en la víspera de que sea demolido el mercado.

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El puesto donde alguna vez don Hernán vendió trompos.

Murió hace ocho meses de una enfermedad que lo mantuvo postrado dos años en cama, me confía una mujer que, impávida, congelada sus facciones, permanece sentada a un lado de su cajita de dulces, cerca del puesto –vacío- donde don Hernán colgaba los trompos.

-Después de dos años se murió- agregó ella.

Fue un instante raro. Lloré. Lloré  en silencio mientras terminaba de recorrer el mercado e irme. Salí con mamá tomado de la mano y nos despedimos del mercado y de don Hernán.

Yo, repleto de recuerdos, me traje el morral a casa.