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“Se cumple un añejo sueño…’

Especial/

Emiliano Zapata, Tabasco, jueves 27 de junio de 2019.-Con una de sus hijas a su lado, la señora Narcedonia Martínez Aguirre, con bordón de aluminio en la mano derecha, llegó y regresó a su casa tras caminar cerca de un kilómetro de la terracería que separa su domicilio particular al acceso a la comunidad La Isla, donde el gobernador Adán Augusto López Hernández entregó siete títulos de propiedad a igual número de escuelas de educación básica y puso el primero de cuatro blocks de lo que en diciembre será la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales del municipio de Emiliano Zapata.

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Por supuesto, no fue la primera en llegar. Pero a sus 78 años de edad, la vecina de la colonia Barrio Olvidado ocupó un lugar en el sillerío disponible en el acceso a las 6.5 hectáreas donde a partir de este jueves y hasta el 28 de diciembre se edificará el “añejo sueño” de la población de la antigua Montecristo de tener la infraestructura urbanística propia de las sociedades organizadas.

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Desde la parte posterior del graderío improvisado que sacó de sus primeros días de vacaciones escolares a pequeños de prescolar y primaria, así como a padres de familia y profesores… además de tres exalcaldes de Emiliano Zapata (María Lourdes Bolívar Gorra, Joaquín Cabrera Pujol y Armín Marín), escuchó y vio la relación de armonía que sostiene el gobernador López Hernández con el presidente municipal Carlos Alberto Pascual Pérez Jasso.

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“Ahorita diremos cómo estuvo la cosa”, adelantó el primer regidor al referirse a las gestiones que se hicieron desde las décadas de los setentas y ochentas que comenzaron a concretarse en la administración municipal precedente encabezada por Manuela del Pilar Cabrera. “Es buena noticia, ¿verdad señor gobernador”.

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A la vega del río Usumacinta, la mañana soleada era refrescada por la brisa matinal. El naciente sol iluminaba las islas de playones originados por el estío y el aparcamiento de cayucos en la ribera derecha del afluente con una cuenca de 100 mil millones de metros cúbicos. Rafael Elías Sánchez Cabrera, el diputado, había participado en la tanda de oradores. Distantes, a la derecha de la carpa improvisada, obreros de la construcción en overol color rojo, seguían el evento.

“Hoy se cumple un añejo sueño… pero se cumple la primera parte” de lo que será una inversión de más de 50 millones de pesos para instalar el Sistema Integral de Aguas Residuales y Potable de Emiliano Zapata, corrigió el mandatario estatal después de escuchar a su anfitrión revelar que durante el periodo de entrega-recepción del Poder Ejecutivo, entre varios proyectos, el de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales fue aprobado por el entonces gobernador electo.

—Carlos, el proyecto va… —, contó que le adelantó el ahora Gobernador.

El arquitecto Armando Padilla Herrera, titular de la Comisión Estatal de Agua y Saneamiento (CEAS), fue el que le puso color al acto que también fue convocado para que representantes de siete escuelas de educación básica recibieran los correspondientes títulos de propiedad que otorgan certidumbre jurídica a esas instalaciones.

—Saludo al neozapatense…—, expresó, sonriente, el gobernador López Hernández al comentar la añeja afectividad que Padilla Herrera había narrado desde que fue director de Obras Públicas cuando era alcalde Antonio Nazar Bolívar. “No vaya a ser que Carlos (el alcalde) te otorgue un acta de nacimiento…”

Y esa camaradería que reveló Pérez Jasso, también recibió el apoyo del gobernador López Hernández al llamar a los anfitriones a dejar la “grilla”, olvidarse del proceso electoral de 2018: “Los ciudadanos eligieron a Carlos Alberto para presidente municipal y a Odet Carolina Lastra González para diputada…”, legisladora también presente en el acto.

Entonces, cuando las autoridades y los responsables de la construcción de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales de Emiliano Zapata ponían los primeros cuatro blocks de la obra que se construirá con una inversión superior a los 50 millones de pesos —la mitad del presupuesto 2019 del CEAS–, la señora Narcedonia retomó su bastón y se paró.

“Estubo bien el regaño… a ver si entienden”, opinó en relación al discurso del mandatario estatal. Cuando se le acercó una de sus hijas, ordenó: “¡Vámonos porque hay quehacer en la casa!”

Esa preocupación pareció escucharla el gobernador López Hernández que después de atender a diversos ciudadanos, abordó el vehículo que lo trasladaría al Palacio de Gobierno, en Villahermosa, primero y posteriormente, al Centro Recreativo de Centla, donde entregaría redes y motores fuera de borda para el fortalecimiento de la pesca en aguas interiores con una inversión tripartita superior a nueve millones de pesos.

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“Vamos con todo para ganar la batalla”

Redacción/

Apenas al despuntar el alba, el estruendoso sonido emanado de la trompeta de uno de los agentes de la banda de guerra de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), avisa el inicio de un ciclo nuevo en la institución, uno de mayor contacto con la ciudadanía y que va acompañado de un replanteamiento en las estrategias.

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Recién arranca el décimo día del sexto mes del año y el inconfundible ruido del rotor del Bell 206, un helicóptero de la corporación policial habilitado en labores de vigilancia aérea, surca los cielos de una apacible Villahermosa que acaba de despertarse en medio del ulular de las sirenas de más de un centenar de nuevas patrullas.

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“En seis meses habrá resultados”, fue la promesa lanzada desde la transición gubernamental. A punto de cumplirse el plazo autoimpuesto, hay avances. Las metas planteadas y los compromisos asumidos en materia de seguridad comienzan a tomar forma, esta vez para bien de la tranquilidad de la sociedad.

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Son las siete de la mañana con cuatro minutos. Es 10 de junio y sobre una poderosa pick up color gris, modelo Lobo, el gobernador Adán Augusto López Hernández, en función de jefe máximo de las fuerzas de seguridad estatales, recorre la avenida Gregorio Méndez, en el tramo comprendido entre las calles Gil y Sáenz y Pagés Llergo, para pasar revista al personal de Seguridad Pública al pie un nuevo parque vehicular, conformado por camionetas, automóviles tipo sedán, grúas de plataforma y motocicletas. En total, 188 unidades.

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En la revisión, lo acompañan Enrique Priego Oropeza, presidente del Tribunal Superior de Justicia; Jaime Lastra Bastar, fiscal general del Estado; Marcos Rosendo Medina Filigrana, secretario de Gobierno y Ángel Mario Balcázar Martínez, quien hace cuatro días asumió la titularidad de la SSPC.

Al paso del jefe del Ejecutivo, los elementos de la SSP estrenan las nuevas unidades, al encender sirenas y luces de las torretas, y enseguida saludan al mandatario con la mano derecha a la sien.

“¡Desde aquí está la de ocho!” –discuten entre sí, un trío de reporteros gráficos que acomodados en un punto alto de Méndez, alistan sus cámaras fotográficas para inmortalizar la imagen en las portadas de los medios impresos del mañana y las plataformas digitales de lo inmediato. No es suficiente. “¡Era con dron!” –coinciden, lamentándose.

No es para menos. La composición de la inédita escenografía, que se yergue sobre la pendiente de asfalto de una de las avenidas más transitadas de la capital, impone. Todo se fusiona: sonidos, colores, unidades de acero, fuerzas del orden, emociones.

“Vamos con todo para ganar la batalla” a los delincuentes, advierte el mandatario Adán Augusto López frente a integrantes del gabinete de seguridad, en el que sobresale además del nuevo titular de la SSPC, Ángel Mario Balcázar y el comandante de la Quinta Zona Naval, Gregorio Martínez Núñez.

Las notas de la melodía “Mercado de Villahermosa” que a través de las bocinas del sonido local pusieron ritmo en el preámbulo, se disipan para dar paso al banderazo de los automotores. Hay funcionarios de los tres niveles de gobierno, pero también están los integrantes de la Mesa de Seguridad y Justicia de Tabasco, el mecanismo conformado por representantes de la sociedad civil que funge como enlace con el gobierno.

Rediseño de operativos, en marcha

De entrada, con determinación, el gobernador López Hernández advierte que los actuales, “son tiempos de perfeccionar las estrategias para ganar la batalla a la inseguridad”, principal problema que aqueja a los tabasqueños y columna vertebral para generar condiciones que alienten el desarrollo económico y la generación de empleo.

Desde el templete habilitado a espaldas de los edificios del fraccionamiento Lidia Esther, Adán Augusto acentúa que la entrega de parque vehicular va de la mano de una estrategia de mucho más contacto con la ciudadanía. “Ese es el primer paso”, se anima.

Entrado en las buenas noticias, adelanta que en unos días más, también entregará equipo de inteligencia para integrarlo a las tareas que realiza el centro de comando denominado C-4, y admite que antes de evolucionar a C-5, “hay que perfeccionar lo que tenemos”.

Subraya que en algunos delitos, Tabasco le ha ganado la batalla a la criminalidad, pero no se confía. Aunque la incidencia delincuencial ha bajado, “tenemos que redoblar esfuerzos y para eso necesitamos del compromiso de todos”, apresura y anuncia que están avanzados los preparativos para la Fuerza Civil que operará en Centro.

“Estamos trabajando en la Academia de Policía con una generación que estamos capacitando para que realice trabajos aquí, básicamente del área urbana de Villahermosa”, precisa el mandatario estatal y ante esta declaración, el alcalde del municipio Evaristo Hernández asiente en señal de complacencia.

Una mejor etapa para proteger a los tabasqueños está arrancando, pero no todo es tarea del gobierno. También “hacemos un llamado a toda la sociedad para que asuma el compromiso conjunto de velar por la seguridad del Estado”, tercia Balcázar Martínez.

El también exprocurador general de Justicia pide a las policías actuar con honradez, compromiso, lealtad y profesionalismo para salir adelante en esta lucha.

Delinea que el replanteamiento de la estrategia de seguridad estará respaldada por nuevo equipamiento, más armamento y un rediseño de los operativos en aquellos sectores urbanos y suburbanos donde la incidencia es más elevada.

Vamos ampliar la cobertura para llegar a más colonias y comunidades, anticipa, y evita fijarse plazos. “Eso significaría forzar el trabajo sin rendir resultados, lo que es contraproducente muchas veces”, se sincera.

Desde el templete, Adán escucha atento, observa, intercambia puntos de vista con integrantes de la Mesa de Seguridad. Veinte minutos después del inicio del ejercicio de renovación de confianza en los cuerpos de seguridad, con su mano derecha agita el banderín en tono rubí con el escudo de armas de Tabasco.

La señal está dada. Crecen las expectativas. Las unidades salen a todo lo que da a patrullar las calles. Dejan tras de sí un renovado compromiso: el de “no fallarle” a Tabasco.

En tiempos de la 4T, “vive” el Ciclón del Sureste…

Redacción/

El presidente Andrés Manuel López Obrador marca la pauta de la conmemoración de hoy en Tabasco, en su conferencia de prensa mañanera. “(Carlos Alberto) Madrazo era un democratizador… un hombre de prestigio, de pasión, del trópico…”, describe, sin tapujos.

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El estallido del avionazo que privó la vida al llamado “Ciclón del Sureste”, aquella mañana del 04 de junio de 1969, en el cerro de Tres Picos de la Serranía del Frayle, a las afueras de Monterrey, Nuevo León, aún sigue retumbando en la memoria de los tabasqueños.

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“Eran otros tiempos, tiempos difíciles… de cerrazón… de autoritarismo”, lamenta el tepetiteco; evoca desde Palacio Nacional, en el corazón del país, ante medios de comunicación de México y el extranjero, parte del legado de su paisano, el exgobernador de Tabasco y exdirigente nacional del PRI, justo en la fecha de los 50 años de su muerte.

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En Villahermosa, el sonido de la armónica de don Lindoro Domínguez Jiménez, un personaje popular de la colonia Primero de Mayo, se esparce en el ambiente, con cadencia, sobre la plancha de cemento que poco a poco comienza a vaciarse.

Recién termina el homenaje alusivo al quincuagésimo aniversario luctuoso de Carlos Alberto Madrazo Becerra, efectuado en la plaza que lleva su nombre, en el malecón construido durante su gobierno en la década de los años 60. “Así es Tabasco y no como lo pintan”, emana, vibra, de la cámara de lengüetas como música de fondo.

 

Don Lindoro porta su inconfundible sombrero de paja; en la ribera del Grijalva se mueve como pez en el agua entre una clase política que, bajo el liderazgo del gobernador Adán Augusto López Hernández, acaba de presentar sus respetos al exmandatario estatal en un acto desarrollado a lo largo de casi una hora.

“La reconciliación es de a de veras”, desliza el perspicaz anciano, haciendo mofa de los escépticos. Se pasea por toda la plaza, mezclado entre la gente, saludando a cuanto político reconoce. Palpa de manera personal lo que, según él, todo mundo comenta en corto, pero también de manera abierta: aquí no hay colores, filias ni fobias.

El sentimiento alentado por un nuevo régimen que aspira a imbuir nuevas formas de pensar la vida y de pensar la actividad pública, da paso a la civilidad. Bajo la mirada imperturbable de la monumental figura de bronce de Carlos Alberto Madrazo, emerge, se amalgama, una generación de tabasqueños más tolerante.

Aquí en nuestro trópico, en nuestra agua y nuestra selva, la reconciliación germina como principio del pluralismo dinámico que exigen los nuevos tiempos. El promotor tiene nombre y apellido y conduce hoy los destinos de Tabasco: Adán Augusto López Hernández.

El “Ciclón del Sureste”

La mañana arranca movida. La actividad es inusual en la plaza “Carlos A. Madrazo”, comentan entre sí un par de boleros que en las escalinatas del inmueble, acaparan a toda la clientela. No se dan abasto. “¡Nos estamos rayando!”, se animan entre trapazo y trapazo. El recuerdo de Madrazo Becerra les ha hecho el día.

En punto de las ocho y media de la mañana, el jefe del Ejecutivo hace acto de presencia en el lugar. A su paso, saluda a exgobernadores, entre ellos, Enrique Priego Oropeza, hoy presidente del Tribunal Superior de Justicia; Roberto Madrazo Pintado, hijo del homenajeado y Manuel Andrade Díaz. Con todos entabla diálogo, breves… sí, pero marcados de simbolismos.

La inconfundible voz del maestro de ceremonias adereza la conmemoración con el pensamiento del Ciclón del Sureste, transmitiéndolo a alumnos del Conalep de Villahermosa y la Escuela Secundaria Técnica número 28, acomodados entre la muchedumbre.

Por invitación del Gobierno del Estado y el Consejo Directivo Nacional de la Fundación “Carlos Alberto Madrazo Becerra”, presidido por el exalcalde de Centro, Florizel Medina Pereznieto, el rector de la UJAT -a la que el festejado le construyó su actual Zona de la Cultura-, José Manuel Piña Gutiérrez, está a cargo del discurso oficial.

“Hay tabasqueños congruentes con su tiempo y circunstancias, hombres visionarios que con sus principios y su autoría moral superan adversidades y procuran la prosperidad de su tierra y el bienestar del pueblo”, subraya de entrada, ante integrantes de la familia Madrazo, entre ellos, Federico, el exdirigente del Partido Verde Ecologista.

Dentro de ese grupo, Piña destaca las figuras de grandes tabasqueños como José María Pino Suárez, Manuel Sánchez Mármol, Francisco J. Santamaría y Carlos Alberto Madrazo Becerra; este último, un tabasqueño ilustre que a cinco décadas de su partida, es este martes recordado por sus grandes aportaciones a Tabasco y a México.

En un mensaje de casi 17 minutos, valora en toda su dimensión el legado de un tabasqueño ejemplar, un gran hombre –acentúa- que a 50 años de su lamentable partida es recordado por todo lo que hizo por esta tierra desde el ámbito de la administración pública y también de las ideas.

“Hablar de Carlos Alberto Madrazo Becerra es hablar de un hombre que se adelantó a sus tiempos, un hombre preocupado por su gente, que creyó en un país fraterno y con justicia. Un hombre que creía que la educación era la base del progreso y el bienestar social, por eso fue un gran impulsor de la educación, particularmente de la educación superior”, remarca, reflexivo.

Puntualiza que México y Tabasco viven tiempos nuevos, escenarios distintos, formas de gobernar diferentes, tiempos donde la convivencia es posible, donde la pluralidad es una norma de conducta que permite encontrar un punto de partida para la unión.

En el colofón, llama a sumarse al trabajo que el presidente López Obrador y el gobernador López Hernández llevan a cabo para superar los desafíos y convertirnos en una potencia con dimensión social. Se desencadenan los aplausos. Atestiguan el momento Pedro Gutiérrez Gutiérrez, presidente estatal del PRI; el panista Juan José Rodríguez Prats y el exlíder del Congreso local, el perredista Rafael Abner Balboa Sánchez.

Se da paso a las ofrendas florales y a las guardias de honor, cinco en total. En fila, el Gobierno del Estado, la familia Madrazo, la Fundación “Carlos A. Madrazo”, la UJAT y el Comité Directivo Estatal del PRI, rinden los respectivos honores.

Concluye el festejo. En el epílogo, don Lindoro Domínguez se despide satisfecho: “Vine a este acto amistoso un poco dudoso, pero me quedo con la satisfacción de ver que aún podemos jalar parejo”… con su armónica metálica en la boca, se marcha, modulando, la inigualable “Vamos a Tabasco, que Tabasco es un Edén”.

Cuarenta años después, la 4T lo hizo posible: inicia construcción de Refinería en Dos Bocas…

Redacción/

Paraíso, Tabasco, domingo 02 de junio de 2019
Redacción/
Dos Bocas, Tabasco.- La voz femenina en el micrófono agarró al auditorio todavía cuando aplaudía el discurso de 35 minutos del presidente Andrés Manuel López Obrador: “Siendo las 13:50 horas, inician los trabajos de la nueva refinería de Dos Bocas, Tabasco…”

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Y tan luego Norma Rocío Nahle García, secretaria de Energía, se reintegró al presídium descubierto, la corneta de alarma de uno de los buque-tanques estacionado en el puerto marítimo de Paraíso, empezó a armonizar la ovación con la cual el público recibió la concreción de un “añejo anhelo -según recordó el gobernador Adán Augusto López Hernández-”, aplazado por 40 años.

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Aunque desde temprano, hombres y mujeres de la región se apostaron, unos a la entrada de la cabecera municipal -a un costado de la glorieta de El Cangrejo-; otros, en el camino de la batería Puerto Ceiba a la terminal marítima Dos Bocas, en realidad el sueño comenzó a concretarse tras la jornada electoral del 02 de julio de 2018.

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En la noche misma de ese domingo histórico como el de este 02 de junio -justo a un mes de cumplirse el primer aniversario del triunfo de la democracia en el país-, también comenzó a concretarse la Cuarta Transformación de México. De eso hablaban las pancartas, cartulinas y expresiones de la ciudadanía que desafió la humedad y el inclemente sol, para volver a ser testigos de la historia de la nación.

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Lo decía el monumental retrato del presidente Lázaro Cárdenas del Río: traje a la medida en tonalidades de color café; frente despejada, bigote recortado y la mirada visionaria como símbolo de un recuerdo que no se quiere ir y que, este domingo, autoridades de los tres niveles de gobierno, de la Secretaría de la Defensa Nacional y de la Marina Armada de México; así como empresarios, sindicatos, integrantes de la sociedad civil, trabajadores, obreros, campesinos… se comprometieron a retomar.

Rayando el mediodía, luego de caminar al frente de un contingente de ciudadanos alrededor de un kilómetro, Francisco Javier Hernández irrumpió en el pabellón donde se realizaría el acto oficial.

“Hoy se coloca la primera piedra de la refinería que por 40 años, los gobiernos de derecha no pudieron hacer”, exclamó con las venas del cuello tensas. “¡Hoy tenemos Presidente! Lo hicimos desde Tepetitán, Macuspana”, concretó, apasionado, orgulloso, para desatar el aplauso de la concurrencia que se había sorprendido de tal intrepidez.

“Un Presidente que va a cumplir con el aeropuerto de Santa Lucía, con el Tren Maya y con la refinería”.

La barca por México

Junto con la bandera nacional al frente del cancel que daba cuenta del objetivo de la reunión, la imagen del expresidente Cárdenas del Río era lo más destacado de un escenario discreto, a pesar de lo trascendental del acto. Todo era así porque la mampara de la derecha, donde sólo aparecía la leyenda “Gobierno de México”, en realidad era una pantalla de televisión en la cual se proyectó un video de dos minutos para ilustrar a los presentes.

“Hoy Pemex y México vuelven a brillar”, se escuchó resumir al locutor que había acompañado las imágenes con detalles técnicos de lo que dentro de tres años será la refinería Dos Bocas. La séptima planta de esa naturaleza en el país.

Tanto invitados y autoridades destilaban orgullo. Entre tanto, el presidente López Obrador y su esposa la señora Beatriz Gutiérrez Müller. Uno, enfundado en zapatos negros, pantalón negro y camisa manga larga, con tejidos albos en el centro; en tanto que la escritora y poeta, en zapatos de piso, pantalón de mezclilla y blusa estampada.

Desde sus lugares observaron el video con marcada atención. Y luego, también se unieron a las palmadas de la concurrencia, entre ellos empresarios holandeses que van a empezar a trabajar en Dos Bocas.

Hace casi un siglo -se escuchó la voz del mandatario estatal como el primero de cuatro oradores-, Tabasco era una isla. Invocó versos del poeta José Gorostiza en la composición titulada Oración “La barca morena de un pescador, cansado de rogar, se puso a rezar…”, para ilustrar la naturaleza del acto de este domingo.

Enseguida, proclamó: “Y aquí donde el verde nace a flor de agua, se construirá la refinería. Después de una larga lucha, un añejo anhelo de los mexicanos, se concretiza, realmente: el inicio, realmente, de la Cuarta Transformación de México. ¡No más dependencia energética del extranjero!”.

2 de junio, día histórico

Octavio Romero Oropeza, director general de Petróleos Mexicanos, abundó en los detalles técnicos de la planta, en cuya construcción el Gobierno de México invertirá 150 mil millones de pesos en los próximos tres años. En tanto, Nahle García apeló a la historia y al futuro inmediato.

“Hoy es un día que quedará marcado en la historia del país”, manifestó. “Venimos a informarles”, dijo como expresión de transparencia democrática. Y añadió, firme: “Después de 40 años, retomamos el plan de construcción integral (de la refinería Dos Bocas). ¡Volveremos a ser ingeniosos, protagonistas del entorno internacional del petróleo!”

A través del equipo de sonido empezó a escucharse la presencia de una ligerísima brisa que, en momentos refrescó el ambiente. Con ese vientecillo que revolvía el pelo, la secretaria de Energía, enumeró a los presidentes que tuvieron a bien construir una refinería tras la expropiación petrolera cardenista: José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Adolfo Ruiz Cortines, Miguel Alemán Valdés…

“¿Qué tuvieron ellos? Un factor común: se necesitaban, eran una prioridad en la política: ¡Abastecer el consumo…!”

El memorándum

Mientras el gobernador López Hernández, el director de Pemex y la secretaria de Energía, participaban en el evento al cual también acudieron los titulares de la SCT, Semarnat, SFP y de la CFE, entre otros, el presidente López Obrador pergeñaba algunas líneas en una tarjeta blanca.

Sin dejar de seguir las intervenciones de los primeros oradores, también el mandatario federal compartía algunos comentarios con su esposa Beatriz. Y luego, volvía al cartoncillo. Y sólo dejó de escribir cuando fue llamado al atril. Entonces, colocó su bolígrafo en la bolsa izquierda de su camisa.

Arrancó su alocución respondiendo y aclarando “algunas interrogantes, dudas” que los adversarios tienen ante su iniciativa. En esa explicación, coincidió con el mandatario estatal: “Como expresó Adán”, citó, es “pensar en la autosuficiencia energética”. Y añadió: “Aspiramos a vivir en un país libre, independiente, soberano. ¡No queremos ser colonia de ningún país extranjero!…”

Desde ese momento empezó el conteo de los aplausos que interrumpieron la intervención presidencial hasta sumar 16. Una más apareció cuando afirmó que se había escogido Dos Bocas para la construcción de la séptima refinería del país porque “es el mejor sitio. No hay otro lugar más apropiado…”

También la brisa le revolvía la cabellera. Y como es costumbre, con hechos ilustró a la audiencia que se sintió sacudida cuando el presidente López Obrador retomó la tarjeta que mantenía en la mano izquierda, para leer su contenido:

“Desde aquí voy a leer un memorándum al pueblo de Estados Unidos de Norteamérica. Dice así: El gobierno de México es amigo del gobierno de Estados Unidos de Norteamérica. El Presidente de México quiere seguir siendo amigo del presidente Donald Trump, pero sobre todo, los mexicanos somos amigos del pueblo estadounidense. Desde Paraíso, Tabasco, juramos que nada ni nadie, separará nuestra bonita y sagrada relación. Andrés Manuel López Obrador”.

De inmediato se escuchó la voz de la secretaria de Energía. Y la diana de los buque-tanques que silenciaron las interpretaciones municipales de la marimba del Ayuntamiento de Paraíso, cuyo presidente municipal, Antonio Almeida Alejandro, en un momento inesperado, se acercó a recibir una palmada del presidente López Obrador.

Para él, esa fotografía también será inolvidable como el inicio de la construcción de la refinería de Dos Bocas para los tabasqueños.

No fue Profeta; regresó siendo el Mesías

*Víctor Ulín/ Tabasco Hoy/16/10/2018/
No necesita decir que está contento. Ni que se siente bien en su tierra y en su agua. Su sola presencia sobre este templete de madera y fierro que le da la espalda al Palacio de Gobierno -al que, ironías y contraste de la política, entró hoy únicamente como Presidente Electo y nunca cómo gobernador- es una tautología.

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Con su regreso ante los suyos, a mes y medio de asumir el poder presidencial, confirma la tesis cristiana : no fue profeta en su tierra, pero regresó siendo el Mesías.
A los de abajo, los que lo acompañaron en sus mítines, marchas y éxodos, por las afectaciones de Pemex o el fraude electoral de 1994, les basta con verlo y que les hable de nuevo. En su mismo lenguaje.

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Se lo gritan varias veces. Es la frase cantada que se ha hecho himno a fuerza de repetirse: ies un honor, estar con Obrador…!
Y están los petroleros de la sección 14 y de la 48 demandando justicia y castigo para sus actuales líderes sindicales; los trabajadores de contratos de la Secretaría de Salud; los burócratas estatales de la sección 08 de Huimanguillo que con sendas lonas le dan la bienvenida al Presidente Electo de México. Los liderazgos naturales de comunidades y tantos anónimos que contribuyeron al nacimiento de Morena y a su triunfo.

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También anda entre la gente doña Elodia de la Cruz que acompañada de su esposo busca al que recibe las carpetas de peticiones.
El Presidente Electo de México -el primer tabasqueño- no miente cuando afirma que conoce a la mayoría de los que están en esta Plaza de Armas para escucharlo en su gira de agradecimiento por todo el país.

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Hay muchos hombres -de sombrero – y mujeres– de vestidos coloridos- que sumaron sus años y destinos para apoyar en su travesía política al paisano que -recordaría el maestro de ceremonia- comenzó a los 24 años en los Camellones Chontales.
Bajo este sol y calor de casi medio día que humedece los huesos, se amontonan las caras morenas de felicidad . La esperanza de que a Tabasco y a su gente – a la más pobre – le vaya bien y alcancen a vivir con dignidad un poco de la vida que les queda y hereden a sus hijos y nietos un mejor futuro.
“Ese régimen corrupto” -acusaría Obrador- que durante décadas solo engendró pobreza.
Por eso -sería lo primero que diría en su mensaje como único orador y atestiguado por dirigentes de Morena, alcaldes, legisladores y el gobernador electo, Adán Augusto López Hernández que aguantaron estoicos el calor- les aseguró que no les fallará. Que cumplirá sus promesas.
De memoria, sin discursos escritos, explica los programas sociales que beneficiarán a los estudiantes, a los jóvenes sin trabajo, a los campesinos con tierras pero sin ganado ni árboles, a los adultos y desempleados que deambulan sin suerte.
Pero el anuncio del borrón y cuenta nueva – lo querían escuchar de sus labios- enciende los ánimos y la celebración en toda la Plaza de Armas. El compromiso público volvió a firmarse con la palabra: él desaparece la deuda -los abusos- de la Comisión Federal de Electricidad y todos los presentes se comprometen a pagar de nuevo…
No hubo despedida. Tampoco hizo falta. Cuando sea Presidente -asegura- vendrá cada mes a Tabasco… La plaza olía, esta vez, a victoria.

*Esta crónica fue publicada originalmente en el periódico Tabasco Hoy

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Los Adioses

Víctor Ulín/

Fui, -en 86 minutos-, 152 miradas. Una hora antes había dudado en comprar el boleto cuando sentí el impulso de ver la película después de fijarme en su horario en la pantalla electrónica. La verdad había ido a la plaza a conciliar con el tiempo y la vida, pero es inevitable que revise la cartelera para leer la sinopsis y el origen de los filmes. La reacción es mecánica.
Me tomé el tiempo de duda para tomarme un café-, el verdadero motivo de mi venida-, y regresar a la taquilla. Pagué 56 pesos. Lo mismo que cobran para el ingreso de las otras películas en cartelera y que Cinépolis promueve en su aplicación digital. La de Los Adioses (2017), no, por lo menos las veces que desde casa revisé la cartelera en mi móvil. Sabía de su estreno nacional por una nota difundida en la sección de cultura del noticiario del Canal Once.
Mi función comenzaría a las 7: 55 de la noche. El boleto lo había comprado justo a las 7:30. Disponía de 25 minutos para llegar a la sala 7, sentarme en mi butaca I1, negra, acojinada; observar a que la gente llegara con sus combos de palomitas, nachos y gigantescos refrescos de cola cola; que apagaran las luces y comenzara, como siempre, como es habitual en los estrenos o en películas taquilleras.
Pensé en comprarme unos nachos tradicionales, pequeños, y tomar parte de los 25 minutos para formarme en la fila. Tuve que llamar a la chica que recibe los boletos en la entrada para que revisara el mío, solo para dejarme la parte que conserva el número de mi butaca.
Pasé. Y unos pasos previos a la fila, me detuve. Volví a dudar. Desistí de tentar a mí vesícula con el queso de plástico que acompaña a los nachos. Sería mejor comprar unas botanas en el Oxxo de la Euro Plaza, -pensé- mucho más baratas y sanas- y no habría ningún problema en guardarla en la bolsa delantera o trasera de mi pantalón sin que se notara. Le pedí permiso a la joven para salir.
En el Oxxo no encontré la barra mexicana de dulce de cacahuates acaramelados combinada con semillas de calabaza y amaranto que me gusta. Sostuve en mis manos cacacuates salados y enchilados de varias marcas, pero finalmente no elegí ninguno y salí, a prisa, del lugar, con los nachos apareciendo en mi mente, pero firme en mi decisión.
Le enseñé a la joven mi pedazo de boleto e Ingresé otra vez. Camino a la sala me detuve en la dulcería decidido a comprar algo para entretener mi apetito durante la película. Repasé cada uno de los dulces y casi estuve a punto de comprarme unos agridulces rojos.
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Era la sala 7. Lo comprobé dos veces. Una, cuando ingresé, y la otra, antes de subir los escalones y sentarme en mi butaca, sin nachos y sin dulces, para corroborar que no me había equivocado. En alguna ocasión –ya no recuerdo en qué lugar ni año- me había sucedido y prefería cerciorarme de que en esta sala proyectarían la película mexicana.
Pensé de nuevo: en unos minutos más, o durante los 10 cuando inicie la proyección de la publicidad, las noticias de Uno y avances de las otras películas, empezarán a llegar parejas en ciernes, melosas, grupos de amigos, amantes, cinéfilos y otros, cargando sus combos grandes o medianos.
Desde mi butaca, la I1, puedo mirar el resto. Repaso varias veces las 152, -restando la mía- que ocupan esta sala, dividida en 11 filas, de arriba abajo: 1 de 17, 3 de 15 y 7 de 13 butacas.
En eso estaba cuando la sala quedó oscurecida y toda la luz preñó a la pantalla.
En las primeras imágenes de la película –que van de lo borroso a lo claro, a propósito- muestran dos cuerpos desnudos, sobre una cama. Los dos actores principales que personifican a la escritora Rosario Castellanos y al filósofo Ricardo Guerra, hacen el amor. Despacito, mientras la cámara les esculca hasta los pies entrelazados de ambos. No hay siseos. Ni risas inmaduras. Ni nadie metido en su celular revisando su facebook ni enviando mensajes. Me siento un voyerista en la habitación de los protagonistas que vivieron una relación amorosa en el filme -y en la vida real- de contrastes y contradicciones, propias de dos almas que ni el tiempo ni la muerte puede separar.
Alguna vez, estudiante universitario entonces–recordé- viví una experiencia similar en el Hospicio Cabañas de Guadalajara. No era, -a diferencia de esta ocasión, un complejo cinematográfico, sino la pequeña sala de cine que estaba al fondo del inmueble, atravesando los pasillos después de pasar por el mural de “El Hombre en Llamas” de Orozco. El frío de aquélla vez era más fuerte. Ahora, en esta sala comercial, ni el frío se siente.
Por un momento temí que cancelaran la proyección de los Adioses si quien estaba al frente de la misma no lograba verme sentado en la parte superior, entrando, a mano izquierda de la sala. Temor, infundado, lo sé. Como en el teatro, la función inicia con o sin espectadores. Por lo menos eso dicen los productores y actores cuando los entrevistan los reporteros para refrendar su vocación en el cine o en el teatro.
Durante los 86 minutos que dura la película, con imágenes reales de la escritora chiapaneca compartidas al concluir el drama, aplacé, incluso, mi ida al baño para no perderme una escena ni una frase de Rosario y –en el fondo- para que la sala no se vaciara.
Solidario, – a una hora y media del Grito de Independencia este 15 de septiembre-, me mantuve, ahí, entre las 152 butacas a esperar a que la película finalizara con sus créditos y patrocinadores. A las 9:34 de la noche la pantalla volvió a quedarse ciega, sin voz y sin cuerpo. Y la sala se mantenía a oscuras. Sospecho que el responsable de la proyección no contó las butacas antes de apagar las luces.

 

 

Una noche con Bunbury en  la sala de emergencias

*Por Vianney Fernanda Morales Segovia/ Foto google/

Cuando la olla repicó en la mesa, el joven de apenas un metro cincuenta y cinco de altura sintió los 30 grados de calor recorrer la mitad de su cara. El ojo le palpitaba y sus pequeñas manos roñosas tocaban sutilmente las ásperas ampollas en busca de alivio.

El ardor del joven se fundió con la brasa de las parrillas donde la carne se cocía, tan roja como su cara y tan blanda como su piel.

-Los brazos me fallaron. No calculé bien y se me sobó la olla. – dijo con voz trémula al doctor.

El médico lo observaba con las manos dispuestas en las mejillas, evaluándolo con una expresión gélida, casi taciturna. Los años de trabajo continuo le habían quitado por mucho la chispa del asombro, y, con ella, se había ido su juventud, alejaba pavorosa dejando los primeros ápices de canas platinadas en las oscuras raíces negras.

Detrás del escritorio cromado en forma de pera se encontraba el paciente Leo, seudónimo con el que había sido bautizado y trabajador de la compañía  del mismo nombre.

La piel tostada y reseca envolvía los 56 kilos de pesor. La cara ovalada, ahora desproporcionada por las ampollas, le daba un matiz de vejez que no le pertenecía, creándole rasgos pétreos, anchándole la nariz y la frente pero reduciéndole los ojos al tamaño de una almendra. Los únicos atributos que permanecieron intactos fueron las pequeñas orejas y el ondulado cabello oscuro descuidado por la falta de tiempo.

-Apenas empezaba mi turno cuando pasó mi desgracia. Estaba cambiando una olla de frijoles a otra cuando se me resbaló y cayó sobre la mesa y de ahí namás’ sentí lo caliente del frijol cuando me salpicó.- le explica, apenado, al doctor, consciente de su torpeza.

A un costado de la silla del paciente se hallaba un pequeño joven que rondaba el metro setenta, de complexión media, como de 75 kilos, tan joven como cualquier freidor en busca de dinero para costear sus estudios. Era el compañero de labores de Leo y el único que lo auxilió y acompañó al médico.

-Yo lo escuché gritar – intervino el compañero para dar detalles del accidente de Leo –: estaba friendo la carne cuando vi que se empezó a chorrear el frijol sobre su rostro y todos se hicieron bola para ayudarlo, pero nadie hacía nada, entonces agarré un trapo de la cocina y lo remojé con tantita agua y se lo puse para que no le ardiera tanto.

Al escuchar el relato del joven, el doctor se removió entre su asiento giratorio forrado de un azul oscuro que discrepaba con el aspecto monótono y blanquecino del consultorio.

Se levantó de un solo impulso y, con tan sólo 3 pasos, acortó la distancia que existía con su paciente.

La bata blanca le revoloteaba indecisa cuando la mano del doctor se posó en su bolsillo izquierdo en busca de una gasa con la que minutos después tanteó la cara de Leo para examinar la gravedad de las quemaduras, cuidadoso y evitando palpar los puntos afectados. Primero le acarició la mandíbula y posteriormente le recorrió la cara completa, desde el arco de las cejas tupidas hasta la comisura de los labios resecos en forma de línea recta, que a la par de los toques se fruncían intentando reprimir el dolor.

-Y ¿a qué hora ocurrió el accidente?- preguntó el doctor dirigiéndose a ambos jóvenes.

-Como a las 7:30- respondió el compañero de Leo.

Al escuchar la respuesta, el doctor ladeó la cabeza en dirección a la pared del costado izquierdo y se cercioró del reloj que indicaba que eran las 21:35.

– Y ¿por qué tardaron tanto en traerlo?- cuestionó el doctor.

-Es que no estaba mi gerente y tuve que esperarla un rato pa’ poder salir, sino me descuentan el día. – justificó el joven herido, que aún mantenía los ojos cerrados y los pies inmóviles.

-Si hijo, pero no debiste esperar tanto, ya hasta ampollas tienes. – le explicó el doctor con tono severo, entrelazando los dedos.

-Lo siento – se disculpó Leo – es que se ponen muy pesados sino reporto porqué me voy.

-Pero primero tienes que pensar en tu salud y después en todo lo demás- lo reprendió el doctor.

Al escuchar la reprimenda, ambos jóvenes asintieron a modo de respuesta; el enfermo por obvias razones y el acompañante por acto reflejo o culpa disimulada.

El consultorio, al igual que toda la sala exterior del hospital público, estaba envuelta con un aire gélido. El aire acondicionado cumplía su función y por ello el amigo de Leo mantenía las manos en los bolsillos del jean desgastado por el uso, aquel que ocupaba exclusivamente para el trabajo y que combinaba con la polo blanca que al pasar de los años se había tornado amarillenta y percudida, hasta el punto de transformar el logo de la empresa en un molde inteligible de tonos opacos.

Pasados algunos segundos, tan lacónico como es debido, el doctor pidió los datos correspondientes al paciente: razón social, puesto (ayudante de cocina), estado civil, dirección, peso y alergias. Las interrogantes de igual forma fueron respondidas con brevedad.

-Bien, te explico, si algo sucede durante tu jornada laboral, se tiene que levantar un documento donde se indique lo ocurrido, y así se tomará como riesgo de trabajo. – dijo diligentemente el doctor.

Al escuchar la explicación del médico, el paciente asintió a modo de respuesta y con resignación.

El doctor tecleaba lo ocurrido en el monitor: una pequeña pantalla con bordes negros colocada en la esquina del escritorio que iluminaba su cara y los lentes angostos de armazón delgado brillaban de la misma forma haciendo más evidente el paso de los años, pues contorneaban burdamente las arrugas de su frente y le remarcaban el ceño.

Mientras las teclas resonaban al son de los dedos, Leo continuaba en silencio, con su paño blanco y húmedo que era lo único que le daba sensación de sosiego en su cara.

Visto de fuera, el consultorio se miraba pequeño. No decepcionaba saber que por dentro era tal cual, tan sobrio como cualquier hospital público, con cuatro paredes blancas algo tintadas por el tiempo que poco a poco fueron adquiriendo un tono marfil.

Al cruzar el acceso de entrada se hallaba de frente un mueble para escritorio de superficie blanca y laterales plomizos. Detrás, una silla giratoria y, delante, un asiento sencillo con almohadillas oscuras que utilizaban los pacientes. En la pared frontal se ve un botiquín de primeros auxilios, acompañado de dos armarios dispensadores con algunos materiales médicos: gasas, apósitos estériles, guantes desechables, curitas, motitas de algodón, termómetro, desinfectante, entre otras cosas.

Adentro, en el consultorio, su amigo estaba parado al costado de Leo, cruzaba las piernas, balanceándose ligeramente sobre el pie derecho. No quería demostrar su aburrimiento, pero sus gestos lo delataban. Durante la consulta permaneció de pie debido a que solo había una silla.

Por encima de la orilla del escritorio se encontraba un frasco atestado de depresores linguales, vulgarmente conocidos como abatelenguas o “palitos de paleta”.

De costado al monitor había una impresora, encima del escritorio y por debajo de una pequeña pizarra verde con bordes plateados. Colocada sobre ella varios avisos y recomendaciones adheridos con un pin.

Al terminar el doctor de redactar la receta, el sonido de la impresora resonó. Era un sonido rectilíneo, robótico; tres sonidos breves y uno más prolongado.

El doctor se acomodó en su asiento y con la mano derecha se ajustó los lentes que constantemente tendían a deslizarse del arco de la nariz a la punta de la misma.

Extendió la mano hacia el acompañante y dio la receta que aún conservaba el olor de la impresora.

-Le entregué la receta a tu amigo. Te receté varios analgésicos que necesitas tomar- dijo el doctor dirigiéndose a Leo –, pero solo si el dolor es excesivo.

El doctor giró apenas unos centímetros la cabeza en dirección al acompañante de Leo.

-Mira, ve a la enfermería para que te entreguen los medicamentos – le pidió. El compañero estaba situado en el mismo lugar desde que llegó. Parado con las manos en las caderas y con buena disposición para hacer lo que le había dicho el doctor, sin embargo, se daba tirones en el oído; no sabía dónde se encontraba la enfermería.

-La enfermería está al final del pasillo, de aquí a la izquierda. – le dijo el doctor, percatado del inconveniente.

Dos minutos después, el amigo de Leo cruzaba el umbral de la puerta con las medicinas en brazo.

-Saca las gotas que están en la caja pequeña y pónselas. – le ordenó el doctor.

El acompañante obedeció cordialmente y con 3 maniobras precisas le inclinó la cabeza a Leo. Le abrió los ojos en busca de espacio suficiente y ágilmente vertió dos gotas en cada uno. Ahora su cara expresaba su dolor con aquellas lágrimas falsas.

-Te voy a otorgar incapacidad por 3 días: viernes, sábado y domingo. – le informó el doctor- y no se te olvide que tienes que volver el lunes a revisión en tu Unidad Médica Familiar.

Nuevamente ambas cabezas asintieron.

-Muchas gracias doctor- dijeron al unísono ambos jóvenes.

Se retiraron los dos. Leo agarrado fuertemente del brazo de su compañero y el acompañante sin decoro alguno junto a él.

 

+++

Fuera del consultorio, en la sala principal, la interna más joven al percatarse de la salida del paciente tomó un papelillo cuadrado y enunció al turno siguiente. Para llegar al consultorio los pacientes tienen que atravesar la puerta que divide la sala de espera y la sala principal. Al cruzar se encuentra un pequeño recibidor con dos sillas plásticas que sirven para los acompañantes, aquellos que solo pueden pasar si es necesario.

En una pequeña antesala, a un costado de la puerta principal, hay varias sillas dispersas sin afán de estorbar, donde dos internas se sientan en sus ratos libres después de llamar a los pacientes. Una báscula y una mesilla metálica hacen juego con la decoración.

Una silla de ruedas atravesó la entrada de la puerta. Poco a poco el cuerpo apareció y detrás la figura de una mujer mayor. Un señor de avanzada edad yacía en una envejecida silla de ruedas, con enmendaduras al costado de los aros propulsores y el óxido impregnado en los reposapiés; las gafas oscuras cubrían la cicatriz de la reciente operación de cataratas.

Su aspecto físico indicaba una secuencia de enfermedades recurrentes y añadiéndole valor distintivo se encontraba el ceño preocupado de su cónyuge. Se notaba por sus arrugas marcadas en la frente que no era la primera vez que se encontraba en esta situación.

-Hola, buenas noches doctor- dijo la señora.

-Buenas noches- respondió cortésmente el doctor – dígame, ¿qué le ocurre al señor?.

-Ay doctor, a este hombre qué no le pasa – enfatizó la señora. Al escuchar la respuesta con ese tono, el doctor reprimió una risa ligera. No es cortés reirse de las desgracias de los enfermos.

-¿Algún problema en específico?- preguntó el doctor.

El paciente en silla de ruedas continuaba en silencio. No había dicho ni una sola palabra desde que había entrado al consultorio, pero su lenguaje corporal revelaba su aflicción. Las comisuras de sus labios se le inclinaban hacia abajo y temblaban al igual que todo su cuerpo. Tenía la cabeza gacha y el cuello en la misma posición.

Por sobre los hombros le caía una fina manta de tela en tono grisáceo, que le cubría parte del cuello y espalda. Una camisa de madrás moteada de verde oscuro hacía juego con el pantalón de loneta color caqui. Ambas prendas muy amplias para su complexión. Aquellos pies que poco a poco habían perdido la movilidad iban cubiertos por unas sandalias negras de plástico con un diseño básico entrelazado por dos tiras de cuero.

-Pues tiene fiebre y tiembla mucho y no ha querido comer desde temprano. – le detalló la señora un tanto preocupada al doctor.

-Sí, ya veo. –respondió el doctor.

El doctor se levantó de su silla. Tres pasos y un estirón de brazo bastaron para que agarrara el termómetro de la repisa.

-Le voy a tomar la temperatura- dijo el médico dirigiéndose al señor en silla de ruedas.

El señor simplemente asintió.

En menos de un minuto el termómetro ya se hallaba debajo del brazo del paciente.

-Tiene 38°C – dijo el doctor con el termómetro en mano.

-Mire señora, le voy a recetar medicamentos, pero le recomiendo que le dé un baño con agua fría y si no se puede, mínimo póngale compresas con hielo.

-Sí, está bien “doc”.

El doctor tomó un abatelenguas del frasco de vidrio y se dirigió al paciente, a quien le pidió que abriera la boca y en un atisbo repentino le insertó el pequeño molde de madera en la lengua hasta dejar ver el estado de su garganta. La pequeña úvula se movía de un lado al otro tan inquieta como la esposa del señor.

Al verificar que no tenía infección y que las amígdalas no estaban inflamadas, se dio media vuelta para lavarse y desinfectarse las manos en el lavabo que se encontraba en la esquina de la habitación, frente a la camilla de exploración que contaba con un escalón y un taburete, accesorios que frecuentemente soportaban el peso de los niños que aún no alcanzaban la camilla.

De regreso a su asiento, el doctor arrojó el abatelenguas en la bolsa verde que recubría el cesto cromado ubicado a la izquierda del escritorio, donde ya se hallaban acumulados varios palitos más  apilados y representaban a los pacientes que atravesaban la pequeña sala de Atención Médica Continua.

Pasados tres minutos, el médico con voz ronca anunció el diagnóstico: Fiebre.

El sonido de la impresora se activó y rápidamente imprimió la receta electrónica de formato prediseñado. Después de diez minutos el paciente junto a su esposa hicieron su recorrido por el pasillo con destino a la sala donde le otorgarían sus medicamentos.

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Foto crónica Vianney

22:30: la silla detrás del escritorio se quedó vacía por algunos minutos. El doctor salió por los pasillos buscando algunos documentos. Dentro del edificio relucían en las paredes diversos carteles y señalamientos en tonalidad verde que informaban las secciones a las que correspondían los pacientes dependiendo de sus padecimientos.

La sala principal parecía el sistema nervioso. Contaba con dos áreas importantes: la central y la periférica. Dentro de la sala de urgencias estas áreas están formadas por cubículos, cada uno dividido por una densa cortina antibacteriana moteada por un verde pálido que ofrece un acceso rápido tanto a los pacientes como al personal médico.

Por su parte, la sección central estaba constituida por 5 cubículos o neuronas denominados primer contacto, curaciones, yeso, observaciones y sala de reconocimientos múltiples, títulos que se leían en grandes letras blancas. Cada sector contaba con una camilla, a excepción de la sala de observaciones, donde se encontraban 3 camillas enumeradas ubicadas al fondo del área general, frente a la farmacia del hospital.

En la sección periférica se encontraban dos cubículos que fungían como consultorio y farmacia, donde se encontraba el reducido número de medicamentos que ofrecía el hospital.

Debido a que en el hospital se trabajaba una jornada de 24 horas, existían 3 turnos. La actividad diurna iniciaba desde las 7 de la mañana hasta las 2 de la tarde, seguida por el turno vespertino que abarcaba de 2 pm a 8:30 pm y finiquitaba con el horario nocturno que cubría 9 horas y media  a partir de las 9 pm.

El servicio de limpieza intermitentemente aseaba el área, fregando los pisos con el trapeador y una vez que había quedado limpia la zona, la desinfectaban con productos específicos para ello.  Dentro del hospital se respiraba un aire limpio. Olía a aquellos aromatizantes que usualmente colgaban del retrovisor de un auto familiar.

23:15. El silencio gobernaba dentro del hospital.

23:25. Los pacientes dejaron de llegar. De pronto una leve melodía comenzó a sonar. Enrique Bunbury cantaba en toda la sala a través del teléfono móvil del enfermero en turno. El acorde atravesaba los corredores iluminados del hospital, las lámparas circulares abarcaban los metros de pasillo en la estancia.  La gutural voz de Bunbury creaba una copla perfecta con la oscuridad que se filtraba por los grandes ventanales y las paredes vidriosas.

23:45. En la antesala, sentadas en sillas de oficina, se encontraban dos internas jóvenes, una más alta que la otra, peliteñidas y recién graduadas; en una silla aparte un enfermero treintón pasado de peso las acompañaba. Se habían puesto de acuerdo respecto a las horas placenteras de sueño que a cada uno le correspondía. Habían acordado levantarse cada 2 horas. A la pasante más pequeña la iban a despertar a la 2:00 am, a la siguiente a las 4:00 y al enfermero a las 6:00 am.

Las tazas de café resonaban en busca del néctar de los mañaneros y los desvelados y se volvió un frenesí cuando se dieron cuenta que el agua caliente se había agotado en la planta baja. Todo quedó apacible, sin ruido. Los pacientes habían dejado de llegar.

*La autora es alumna de la licenciatura de Comunicación de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), México, y la presente crónica fue elaborada para acreditar parcialmente la asignatura de Géneros Periodísticos.