Salir o no salir de casa…la vida dentro

*Alexis Gabriel Santamaria Velázquez/

La calle principal está repleta de autos. De igual forma, en cada una las privadas, todas las casas se encuentran habitadas, algo que no suele ser común. En el parque la gente parece entretenerse, y yo que he estado la mitad de mi vida aquí, todavía no puedo creerlo. Así es el ambiente que se vive en el Fraccionamiento el Encanto, ubicado a las afueras de la ciudad, rumbo a Teapa, donde el ambiente a menudo es desértico, y comúnmente este lugar se caracteriza por su vacío, sin las tantas almas a su alrededor.

En mi vida jamás he estado encerrado más de tres días en mi hogar. Mi cuerpo no lo resistiría, mi personalidad tampoco, pues soy alguien  que acostumbra estar fuera de casa, deambulando por las calles de la ciudad, acudiendo a centros de entretenimiento, y esta situación dio un giro muy importante a mi vida. Aun sabiendo en el interior que todo es por el bien de mi salud, también se convierte en el mayor reto de mi vida.

Hay un calor infernal. Más difícil no puede ser. El pánico en comienza más rápido de lo que pensé. No sabía cómo afrontar la realidad, lo único que tengo en la mente es este deseo impulsivo: debo salir pronto, pues la locura se apoderará de mi tarde o temprano, pienso. Más temprano que tarde. Y aún queda lo que parece ser una eternidad de tiempo que enfrentar.

Al pasar los primeros días, mi preocupación por el estrés de estar encerrado cada vez se hacía más grande. Esa misma preocupación agobiaba a mis padres, claro que con un enfoque diferente y no en la misma magnitud, pues esta situación afecta a muchos de distintas maneras.

 

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Es increíble por lo que estamos pasando. Aún recuerdo cuando el virus se encontraba en China, y apostaba que nadie pensaría que llegaría hasta acá. Ahora no puedo salir para hacer cosas que necesito hacer, porque soy hipertenso y si salgo me voy a morir, por muy dramático que eso suene.

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Mi padre, quien sufre de hipertensión hace apenas solo dos años, -fue el que desarrolló esta enfermedad; al no poder conseguir trabajo-, el estar desempleado fueron los causantes de la desgracia, solo recordar aquel lamentable día, su estado de ánimo pasa a ser deprimente. Sin embargo, a pesar de estar asustado, aterrorizado, sabe que no debe salir. Pero al no tener opción, y por razones que me reservo a comentar, debe partir, pero su mente y el entendimiento del riesgo al que se expone, evita que cruce la puerta principal, solo queda esperar y ver cómo transcurre el tiempo, viviendo con la inquietud. Por otra parte, en casa, está la valiente guerrera, -se llama Gabriela Velázquez-, pero yo simplemente le digo madre. Es la persona que ha salido para garantizar nuestro bienestar, y no solamente esa: cocina, trabaja, nos atiende. No me puedo quejar, ambos se preocupan por nosotros.

Siguen pasando los días. No sé cuánto tiempo llevo encerrado, perdí la cuenta. Solo sé que son vacaciones de semana santa, aunque en realidad no lo son como tal. Esta cuarentena terminó de consolidar una nueva rutina para la familia: la casa en modo oficina, despertar, desayunar, hacer la comida o en mi caso ayudar a prepararla, entre ratos ver películas, series, jugar videojuegos, hacer tarea, o lo que cayera, hacer ejercicio, bañarme y dormir. Día tras día me iba adaptando aún más a una nueva costumbre que duraría un buen rato.

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Gracias a dios nosotros podemos subsistir con lo poco que tenemos, pero vean a esa gente de fuera que vive de sus negocios, o necesitan tener contacto con la sociedad. Pienso en ellos y sin duda concuerdo en algo: están peor que nosotros.

Si bien en mi cabeza la desesperación se hace más grande con el encierro, lo más probable es que existan personas diferentes a mí, que no sientan lo mismo. A través de las redes sociales, la radio, la televisión, puedo ver como los demás afrontan esta situación la situación. En el lugar donde vivo, debo admitir que no veía ningún rasgo de preocupación en mis vecinos, la desesperación que yo pensé que sentirían. Pero se ven tranquilos, y no debe sorprenderme, porque las familias que conozco viven de buena manera, con buenos trabajos, buen salario y un buen hogar. En cambio, esas personas que viven del día y de los servicios que ofrecen me hacen dudar, ¿cómo le harán para poder subsistir? Y solo se me ocurre que no se compara mi desesperación con la de un heladero, esquitero, bolero, taxista, un vendedor ambulante y muchos más.

Han pasado semanas, incluso ya volvieron las clases, esta vez en línea. Todo esto es algo que no pensé que viviría para contar, solo puedo decir que oficialmente no sé en qué día estamos. Antes parecían eternos, pero ahora pasan volando como hojas en un ventarrón. La rutina no cambia, es la misma, solo que ahora los niños deben entrar a clases virtuales, aquí uno se da cuenta de lo mucho que se ha desarrollado la tecnología, indudablemente años atrás eso no hubiera sido posible.

El entretenimiento se vuelve obsoleto. Ya no satisface esa necesidad de buscar la distracción. La computadora, el teléfono, la televisión, la consola, las plataformas digitales, quienes eran las únicas amistades presentes, se transforman. El gusto y la diversión desaparecen. La cochera se vuelve mi hogar ahora, es lo más lejos, la única intemperie que puedo conocer ahora. Y pensar que los primeros días al menos en el parque uno podía estar seguro, pero esa seguridad, en un corto tiempo, se convirtió en un peligro. “Deja de salir, ya no quiero que salgas al parque, entiende que no puedes estar teniendo contacto con la gente, no sabes donde han estado. Dios no lo quiera, uno agarra la enfermedad y te contagia, nos vas a contagiar a nosotros”. me dicen.

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Las fechas han cambiado, y esto cada vez se alarga aún más. El reto se volvió toda una odisea. Ya estoy al borde del estrés máximo, y francamente, nadie sabe hasta cuándo terminara esta situación. Solo nos apegamos a las dudosas esperanzas de que la secretaria de salud y el gobierno nos da. El primero de junio es la meta, el supuesto día en el que la humanidad mexicana regresará a la normalidad, entre comillas, porque no estamos cien por ciento seguros de que será como antes. Viviremos en una realidad distinta a la que estábamos acostumbrados, no sé por cuánto tiempo, pero yo puedo apostar que esta pandemia seguirá haciendo de las suyas, y nos esperan más días en nuestros hogares.

 +El Autor es alumno del Octavo Semestre de la Licenciatura en Comunicación y la crónica es parte de las actividades que realiza para la materia periodismo literario.

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