Un encuentro inesperado en cuarentena

*José Ramón Hidalgo Guerra

Mamá despertó con un suave giro de muñeca el quemador de la estufa para recibir calor, pero no para sí misma, sino para el agua que calienta religiosamente todos los días, “esta es la recarga de mis pilas, hijo, y sin ella nos jodemos en la casa”, me dijo alguna vez con humor, al preguntarle a qué se debía semejante afición.

Arrastró los pies con desdén en dirección a la sala, casi como si tuviera un grillete colgándole del tobillo, y por alguna razón, propia de recuerdos que exploraremos eventualmente, dejó escapar un suspiro que entristeció el canto de las aves en el exterior. Parpadeó en repetidas ocasiones, como un halcón preparándose para localizar a su próxima presa, y fue entonces que se asomó entre las cortinas, contemplando la nada misma, pues, a diferencia del ave cazadora, ella lo hacía sin un motivo aparente, tal vez por mero acto reflejo.

 

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“Sabes, José, sigo pensando en aquel gatito que rescatamos hace tres días, o al  que, por lo menos, le retrasamos un poco lo que parece fue su muerte, cosa que me ha tenido un poco triste”, fueron estas sus palabras en cuanto la vi mecerse en la silla, cabizbaja y con una mueca de disgusto que me obligó de forma indirecta a preguntarle qué sucedía en su mente. Parecía estar más ocupada hilvanando sus pensamientos que en notar mi extrañeza, y su mirada se hallaba fija al marco de entrada de la casa.

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Suspiró… “Ese gran y peludo gato grisáceo que llegó al negocio el otro día, ¿lo recuerdas? El que tenía como cola de mapache y se restregaba contra ti a la mínima oportunidad. Estoy segura de que no le fue bien”.

Verán, resulta que durante unas de tantas noches, un enorme felino llegó buscando hospedaje, y con tremenda osadía decidió echarse a sus pies como si fueran viejos amigos reencontrándose luego de mucho tiempo, solo que en este particular escenario, una calurosa noche más de cuarentena, no había clientes que atender ni vecinos con quien tratar; solo había una soledad atenuada y vencida por ronroneos, además de un gato con los bigotes manchados de pelusa y unos ojos tan vidriosos como un lago recibiendo la luz del sol. Eran de un verde  tan claro que parecía que atravesaban las cuencas de tus ojos y se adentraban en tu alma.

Su complexión resultaba bastante extraña a primera vista, y costaba acostumbrarse al hecho que el animal lucía como si llevara puesto un abrigo encima, pues las medidas de su cabeza, al menos a priori, no parecían concordarse con las del resto de su cuerpo. Y ya ni hablar del extrañamente afelpado aspecto de sus patas.

Sucede que, habiendo recibido su segunda visita, ahora de una luna que irremediablemente caía al son de la desaparición del atardecer carmesí, dio el campanazo e hizo ver a mamá que era hora de bajar la persiana metálica del negocio, una tienda de abarrotes. Se despidió de su confianzudo amigo, quien parecía estar más bien preparando un asentamiento improvisado en el rincón del complejo donde vivía su nueva casera, típico de los animales que comienzan a adaptarse a un nuevo hogar. A ella pareció no solo no importarle, sino que esbozó una sonrisa con sus delgados labios.

Rascándole la panza, mientras este soltaba pequeños maullidos ahogados que parecían agradecer y mostrar gratificación hacia ella, le dijo adiós. “Honestamente me dio mucha lástima tener que dejarlo fuera, y después de jugar con él por casi 40 minutos, le acaricié su cabecita una última vez y me volví a casa”.

Mamá se adentró en la comodidad del hogar con la puerta abierta, con solo la reja cerrada y el candado puesto. Ella se decía a sí misma que lo hacía para así dejar entrar un poco del fresco nocturno, pero en el fondo sabía que no era solo eso, “quería seguir viendo al peludote, saber que siguiera ahí”. Y efectivamente, se había asentado como campista en el bosque, reposando su acolchonado cuerpo contra la reja, mirando a la mujer con esos ojitos tan hipnóticos y tiernos que solo los gatos tienen, esperando con paciencia a que ella le invitará a pasar a compartir una taza de café. Ella solo lo miraba de reojo entre ratos y sonreía de vez en vez. “Ambos nos estábamos haciendo compañía esa noche, a punto estuve de abrirle la puerta y ofrecerle algo de comer”.

 

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Para ese entonces yo estaba en mi habitación. Leía a Chéjov, si no mal recuerdo, cuando a la media hora de lo acontecido me aturdió un grito secó proveniente de la sala, uno lleno de espanto y adrenalina, pues le siguió un “¡apúrate y tráeme una cubeta llena de agua, José Ramón! ¡Unos gatos perros están atacando al gato!”.

Los escalofríos hicieron su recorrido habitual por el espinazo, el libro voló hacia la cama con desprecio y el balde fue llenado en una brazada al contenedor, con tal velocidad que parecía que era más bien un incendio lo que aquejaba.

Era un espectáculo de corte de coliseo romano: indigesto. El estómago de la mujer se revolvió y pidió prisa con una clemencia disfrazada de determinación. Uno de los perros tenía clavados sus colmillos en el costado del animalito, mientras que el otro lo estiraba hacia el lado opuesto mordisqueándolo por el cuello, ambos tiraban en direcciones opuestas, como intentando adueñarse de su parte favorita de lo que tenía la apariencia de un muñeco de trapo. Mis ojos se abrieron tanto que parecía que se saldrían de sus órbitas; arrugué la cara y abrí ligeramente la boca.

Saltaban chispas y truenos a mi alrededor, sobre todo de la sien, con el ceño tan fruncido que habría incomodado a cualquiera, faltaba poco para que calor de las circunstancias evaporara el agua del balde. Y hablando de esta, salió disparada con la furia y destreza de una bala. Quien presionó el gatillo se encontraba dispuesto y preparado a golpear a los perpetradores con la cubeta, si era preciso, con tal de que lo soltaran. La mirada perdida del minino y la ausencia de quejidos u oposición eran la imagen pura de la resignación, augurando lo peor.

Por fortuna el agua les quemó el hambre de brutalidad que habían salido a buscar en su patrulla nocturna, por infortunio, también hizo echar a correr al gato. Los dos perros desaparecieron a la velocidad del rayo, casi esfumándose, perdiéndose en las fauces del fondo de la calle 24 en la colonia florida. Seguramente giraron en una esquina de la 25 y se reagruparon en los baldíos. “El peludote”, por su parte, se arrastró jadeante hasta llegar debajo de un auto. Me fue imposible hacerlo salir para tratar sus heridas o tan siquiera compensarle con un poco de agua. Si antes maullaba exigiendo caricias, ahora parecía lamentarse, clamando piedad en un silencio incomprensible y angustioso. Conseguí iluminarle con el flash del teléfono celular, pocos segundos antes de que se escondiera dentro de la carrocería del coche, ese lugar que parece gustarle tanto a los gatos y que al mismo tiempo les quita muchas veces la vida con un somnoliento conductor arrancando el motor a la mañana siguiente.

 

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Aquella noche bañada por la luz de luna, el frío hacía tiritar al más osado y, en plena tragedia, comenzó a llover. Tuve que regresar a la casa con una victoria que sabía totalmente a pérdida. Resultaba ya imposible sacarlo de su refugio, refugio que tenía más la pinta de un dormitorio en camposanto urbano que de otra cosa. Siendo ya muy tarde, poco se veía. El sueño cobró sobre mí el peso de un yunque. Dormir se convirtió en realidad en un acto de esperanza y fe por encontrarle a la mañana siguiente, maullando por caricias y un poco de atención veterinaria; sin embargo no apareció. No se supo más del “peludote”, e incluso, varios días luego de los sucedido, mamá continúa preguntándose con pesadumbre en la mirada, si habrá el felino sobrevivido, o si tan solo se movió hacia un lugar más silencioso y apacible en donde pudiera dar sus últimos alientos.

*El  autor es estudiante del Octavo Semestre de la Licenciatura de Comunicación de la UJAT y la crónica fue realizada como parte de las actividades de la asignatura Periodismo Literario.

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