Los Adioses

Víctor Ulín/

Fui, -en 86 minutos-, 152 miradas. Una hora antes había dudado en comprar el boleto cuando sentí el impulso de ver la película después de fijarme en su horario en la pantalla electrónica. La verdad había ido a la plaza a conciliar con el tiempo y la vida, pero es inevitable que revise la cartelera para leer la sinopsis y el origen de los filmes. La reacción es mecánica.
Me tomé el tiempo de duda para tomarme un café-, el verdadero motivo de mi venida-, y regresar a la taquilla. Pagué 56 pesos. Lo mismo que cobran para el ingreso de las otras películas en cartelera y que Cinépolis promueve en su aplicación digital. La de Los Adioses (2017), no, por lo menos las veces que desde casa revise la cartelera en mi móvil. Sabía de su estreno nacional por una nota difundida en la sección de cultura del noticiario del Canal Once.
Mi función comenzaría a las 7: 55 de la noche. El boleto lo había comprado justo a las 7:30. Disponía de 25 minutos para llegar a la sala 7, sentarme en mi butaca I1, negra, acojinada; observar a que la gente llegara con sus combos de palomitas, nachos y gigantescos refrescos de cola cola; que apagaran las luces y comenzara, como siempre, como es habitual en los estrenos o en películas taquilleras.
Pensé en comprarme unos nachos tradicionales, pequeños, y tomar parte de los 25 minutos para formarme en la fila. Tuve que llamar a la chica que recibe los boletos en la entrada para que revisara el mío, solo para dejarme la parte que conserva el número de mi butaca.
Pasé. Y unos pasos previos a la fila, me detuve. Volví a dudar. Desistí de tentar a mí vesícula con el queso de plástico que acompaña a los nachos. Sería mejor comprar unas botanas en el Oxxo de la Euro Plaza, -pensé- mucho más baratas y sanas- y no habría ningún problema en guardarla en la bolsa delantera o trasera de mi pantalón sin que se notara. Le pedí permiso a la joven para salir.
En el Oxxo no encontré la barra mexicana de dulce de cacahuates acaramelados combinada con semillas de calabaza y amaranto que me gusta. Sostuve en mis manos cacacuates salados y enchilados de varias marcas, pero finalmente no elegí ninguno y salí, a prisa, del lugar, con los nachos apareciendo en mi mente, pero firme en mi decisión.
Le enseñé a la joven mi pedazo de boleto e Ingresé otra vez. Camino a la sala me detuve en la dulcería decidido a comprar algo para entretener mi apetito durante la película. Repasé cada uno de los dulces y casi estuve a punto de comprarme unos agridulces rojos.
2
Era la sala 7. Lo comprobé dos veces. Una, cuando ingresé, y la otra, antes de subir los escalones y sentarme en mi butaca, sin nachos y sin dulces, para corroborar que no me había equivocado. En alguna ocasión –ya no recuerdo en qué lugar ni año- me había sucedido y prefería cerciorarme de que en esta sala proyectarían la película mexicana.
Pensé de nuevo: en unos minutos más, o durante los 10 cuando inicie la proyección de la publicidad, las noticias de Uno y avances de las otras películas, empezarán a llegar parejas en ciernes, melosas, grupos de amigos, amantes, cinéfilos y otros, cargando sus combos grandes o medianos.
Desde mi butaca, la I1, puedo mirar el resto. Repaso varias veces las 152, -restando la mía- que ocupan esta sala, dividida en 11 filas, de arriba abajo: 1 de 17, 3 de 15 y 7 de 13 butacas.
En eso estaba cuando la sala quedó oscurecida y toda la luz preñó a la pantalla.
En las primeras imágenes de la película –que van de lo borroso a lo claro, a propósito- muestran dos cuerpos desnudos, sobre una cama. Los dos actores principales que personifican a la escritora Rosario Castellanos y al filósofo Ricardo Guerra, hacen el amor. Despacito, mientras la cámara les esculca hasta los pies entrelazados de ambos. No hay siseos. Ni risas inmaduras. Ni nadie metido en su celular revisando su facebook ni enviando mensajes. Me siento un voyerista en la habitación de los protagonistas que vivieron una relación amorosa en el filme -y en la vida real- de contrastes y contradicciones, propias de dos almas que ni el tiempo ni la muerte puede separar.
Alguna vez, estudiante universitario entonces–recordé- viví una experiencia similar en el Hospicio Cabañas de Guadalajara. No era, -a diferencia de esta ocasión, un complejo cinematográfico, sino la pequeña sala de cine que estaba al fondo del inmueble, atravesando los pasillos después de pasar por el mural de “El Hombre en Llamas” de Orozco. El frío de aquélla vez era más fuerte. Ahora, en esta sala comercial, ni el frío se siente.
Por un momento temí que cancelaran la proyección de los Adioses si quien estaba al frente de la misma no lograba verme sentado en la parte superior, entrando, a mano izquierda de la sala. Temor, infundado, lo sé. Como en el teatro, la función inicia con o sin espectadores. Por lo menos eso dicen los productores y actores cuando los entrevistan los reporteros para refrendar su vocación en el cine o en el teatro.
Durante los 86 minutos que dura la película, con imágenes reales de la escritora chiapaneca compartidas al concluir el drama, aplacé, incluso, mi ida al baño para no perderme una escena ni una frase de Rosario y –en el fondo- para que la sala no se vaciara.
Solidario, – a una hora y media del Grito de Independencia este 15 de septiembre-, me mantuve, ahí, entre las 152 butacas a esperar a que la película finalizara con sus créditos y patrocinadores. A las 9:34 de la noche la pantalla volvió a quedarse ciega, sin voz y sin cuerpo. Y la sala se mantenía a oscuras. Sospecho que el responsable de la proyección no contó las butacas antes de apagar las luces.

 

 

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