Una noche con Bunbury en  la sala de emergencias

*Por Vianney Fernanda Morales Segovia/ Foto google/

Cuando la olla repicó en la mesa, el joven de apenas un metro cincuenta y cinco de altura sintió los 30 grados de calor recorrer la mitad de su cara. El ojo le palpitaba y sus pequeñas manos roñosas tocaban sutilmente las ásperas ampollas en busca de alivio.

El ardor del joven se fundió con la brasa de las parrillas donde la carne se cocía, tan roja como su cara y tan blanda como su piel.

-Los brazos me fallaron. No calculé bien y se me sobó la olla. – dijo con voz trémula al doctor.

El médico lo observaba con las manos dispuestas en las mejillas, evaluándolo con una expresión gélida, casi taciturna. Los años de trabajo continuo le habían quitado por mucho la chispa del asombro, y, con ella, se había ido su juventud, alejaba pavorosa dejando los primeros ápices de canas platinadas en las oscuras raíces negras.

Detrás del escritorio cromado en forma de pera se encontraba el paciente Leo, seudónimo con el que había sido bautizado y trabajador de la compañía  del mismo nombre.

La piel tostada y reseca envolvía los 56 kilos de pesor. La cara ovalada, ahora desproporcionada por las ampollas, le daba un matiz de vejez que no le pertenecía, creándole rasgos pétreos, anchándole la nariz y la frente pero reduciéndole los ojos al tamaño de una almendra. Los únicos atributos que permanecieron intactos fueron las pequeñas orejas y el ondulado cabello oscuro descuidado por la falta de tiempo.

-Apenas empezaba mi turno cuando pasó mi desgracia. Estaba cambiando una olla de frijoles a otra cuando se me resbaló y cayó sobre la mesa y de ahí namás’ sentí lo caliente del frijol cuando me salpicó.- le explica, apenado, al doctor, consciente de su torpeza.

A un costado de la silla del paciente se hallaba un pequeño joven que rondaba el metro setenta, de complexión media, como de 75 kilos, tan joven como cualquier freidor en busca de dinero para costear sus estudios. Era el compañero de labores de Leo y el único que lo auxilió y acompañó al médico.

-Yo lo escuché gritar – intervino el compañero para dar detalles del accidente de Leo –: estaba friendo la carne cuando vi que se empezó a chorrear el frijol sobre su rostro y todos se hicieron bola para ayudarlo, pero nadie hacía nada, entonces agarré un trapo de la cocina y lo remojé con tantita agua y se lo puse para que no le ardiera tanto.

Al escuchar el relato del joven, el doctor se removió entre su asiento giratorio forrado de un azul oscuro que discrepaba con el aspecto monótono y blanquecino del consultorio.

Se levantó de un solo impulso y, con tan sólo 3 pasos, acortó la distancia que existía con su paciente.

La bata blanca le revoloteaba indecisa cuando la mano del doctor se posó en su bolsillo izquierdo en busca de una gasa con la que minutos después tanteó la cara de Leo para examinar la gravedad de las quemaduras, cuidadoso y evitando palpar los puntos afectados. Primero le acarició la mandíbula y posteriormente le recorrió la cara completa, desde el arco de las cejas tupidas hasta la comisura de los labios resecos en forma de línea recta, que a la par de los toques se fruncían intentando reprimir el dolor.

-Y ¿a qué hora ocurrió el accidente?- preguntó el doctor dirigiéndose a ambos jóvenes.

-Como a las 7:30- respondió el compañero de Leo.

Al escuchar la respuesta, el doctor ladeó la cabeza en dirección a la pared del costado izquierdo y se cercioró del reloj que indicaba que eran las 21:35.

– Y ¿por qué tardaron tanto en traerlo?- cuestionó el doctor.

-Es que no estaba mi gerente y tuve que esperarla un rato pa’ poder salir, sino me descuentan el día. – justificó el joven herido, que aún mantenía los ojos cerrados y los pies inmóviles.

-Si hijo, pero no debiste esperar tanto, ya hasta ampollas tienes. – le explicó el doctor con tono severo, entrelazando los dedos.

-Lo siento – se disculpó Leo – es que se ponen muy pesados sino reporto porqué me voy.

-Pero primero tienes que pensar en tu salud y después en todo lo demás- lo reprendió el doctor.

Al escuchar la reprimenda, ambos jóvenes asintieron a modo de respuesta; el enfermo por obvias razones y el acompañante por acto reflejo o culpa disimulada.

El consultorio, al igual que toda la sala exterior del hospital público, estaba envuelta con un aire gélido. El aire acondicionado cumplía su función y por ello el amigo de Leo mantenía las manos en los bolsillos del jean desgastado por el uso, aquel que ocupaba exclusivamente para el trabajo y que combinaba con la polo blanca que al pasar de los años se había tornado amarillenta y percudida, hasta el punto de transformar el logo de la empresa en un molde inteligible de tonos opacos.

Pasados algunos segundos, tan lacónico como es debido, el doctor pidió los datos correspondientes al paciente: razón social, puesto (ayudante de cocina), estado civil, dirección, peso y alergias. Las interrogantes de igual forma fueron respondidas con brevedad.

-Bien, te explico, si algo sucede durante tu jornada laboral, se tiene que levantar un documento donde se indique lo ocurrido, y así se tomará como riesgo de trabajo. – dijo diligentemente el doctor.

Al escuchar la explicación del médico, el paciente asintió a modo de respuesta y con resignación.

El doctor tecleaba lo ocurrido en el monitor: una pequeña pantalla con bordes negros colocada en la esquina del escritorio que iluminaba su cara y los lentes angostos de armazón delgado brillaban de la misma forma haciendo más evidente el paso de los años, pues contorneaban burdamente las arrugas de su frente y le remarcaban el ceño.

Mientras las teclas resonaban al son de los dedos, Leo continuaba en silencio, con su paño blanco y húmedo que era lo único que le daba sensación de sosiego en su cara.

Visto de fuera, el consultorio se miraba pequeño. No decepcionaba saber que por dentro era tal cual, tan sobrio como cualquier hospital público, con cuatro paredes blancas algo tintadas por el tiempo que poco a poco fueron adquiriendo un tono marfil.

Al cruzar el acceso de entrada se hallaba de frente un mueble para escritorio de superficie blanca y laterales plomizos. Detrás, una silla giratoria y, delante, un asiento sencillo con almohadillas oscuras que utilizaban los pacientes. En la pared frontal se ve un botiquín de primeros auxilios, acompañado de dos armarios dispensadores con algunos materiales médicos: gasas, apósitos estériles, guantes desechables, curitas, motitas de algodón, termómetro, desinfectante, entre otras cosas.

Adentro, en el consultorio, su amigo estaba parado al costado de Leo, cruzaba las piernas, balanceándose ligeramente sobre el pie derecho. No quería demostrar su aburrimiento, pero sus gestos lo delataban. Durante la consulta permaneció de pie debido a que solo había una silla.

Por encima de la orilla del escritorio se encontraba un frasco atestado de depresores linguales, vulgarmente conocidos como abatelenguas o “palitos de paleta”.

De costado al monitor había una impresora, encima del escritorio y por debajo de una pequeña pizarra verde con bordes plateados. Colocada sobre ella varios avisos y recomendaciones adheridos con un pin.

Al terminar el doctor de redactar la receta, el sonido de la impresora resonó. Era un sonido rectilíneo, robótico; tres sonidos breves y uno más prolongado.

El doctor se acomodó en su asiento y con la mano derecha se ajustó los lentes que constantemente tendían a deslizarse del arco de la nariz a la punta de la misma.

Extendió la mano hacia el acompañante y dio la receta que aún conservaba el olor de la impresora.

-Le entregué la receta a tu amigo. Te receté varios analgésicos que necesitas tomar- dijo el doctor dirigiéndose a Leo –, pero solo si el dolor es excesivo.

El doctor giró apenas unos centímetros la cabeza en dirección al acompañante de Leo.

-Mira, ve a la enfermería para que te entreguen los medicamentos – le pidió. El compañero estaba situado en el mismo lugar desde que llegó. Parado con las manos en las caderas y con buena disposición para hacer lo que le había dicho el doctor, sin embargo, se daba tirones en el oído; no sabía dónde se encontraba la enfermería.

-La enfermería está al final del pasillo, de aquí a la izquierda. – le dijo el doctor, percatado del inconveniente.

Dos minutos después, el amigo de Leo cruzaba el umbral de la puerta con las medicinas en brazo.

-Saca las gotas que están en la caja pequeña y pónselas. – le ordenó el doctor.

El acompañante obedeció cordialmente y con 3 maniobras precisas le inclinó la cabeza a Leo. Le abrió los ojos en busca de espacio suficiente y ágilmente vertió dos gotas en cada uno. Ahora su cara expresaba su dolor con aquellas lágrimas falsas.

-Te voy a otorgar incapacidad por 3 días: viernes, sábado y domingo. – le informó el doctor- y no se te olvide que tienes que volver el lunes a revisión en tu Unidad Médica Familiar.

Nuevamente ambas cabezas asintieron.

-Muchas gracias doctor- dijeron al unísono ambos jóvenes.

Se retiraron los dos. Leo agarrado fuertemente del brazo de su compañero y el acompañante sin decoro alguno junto a él.

 

+++

Fuera del consultorio, en la sala principal, la interna más joven al percatarse de la salida del paciente tomó un papelillo cuadrado y enunció al turno siguiente. Para llegar al consultorio los pacientes tienen que atravesar la puerta que divide la sala de espera y la sala principal. Al cruzar se encuentra un pequeño recibidor con dos sillas plásticas que sirven para los acompañantes, aquellos que solo pueden pasar si es necesario.

En una pequeña antesala, a un costado de la puerta principal, hay varias sillas dispersas sin afán de estorbar, donde dos internas se sientan en sus ratos libres después de llamar a los pacientes. Una báscula y una mesilla metálica hacen juego con la decoración.

Una silla de ruedas atravesó la entrada de la puerta. Poco a poco el cuerpo apareció y detrás la figura de una mujer mayor. Un señor de avanzada edad yacía en una envejecida silla de ruedas, con enmendaduras al costado de los aros propulsores y el óxido impregnado en los reposapiés; las gafas oscuras cubrían la cicatriz de la reciente operación de cataratas.

Su aspecto físico indicaba una secuencia de enfermedades recurrentes y añadiéndole valor distintivo se encontraba el ceño preocupado de su cónyuge. Se notaba por sus arrugas marcadas en la frente que no era la primera vez que se encontraba en esta situación.

-Hola, buenas noches doctor- dijo la señora.

-Buenas noches- respondió cortésmente el doctor – dígame, ¿qué le ocurre al señor?.

-Ay doctor, a este hombre qué no le pasa – enfatizó la señora. Al escuchar la respuesta con ese tono, el doctor reprimió una risa ligera. No es cortés reirse de las desgracias de los enfermos.

-¿Algún problema en específico?- preguntó el doctor.

El paciente en silla de ruedas continuaba en silencio. No había dicho ni una sola palabra desde que había entrado al consultorio, pero su lenguaje corporal revelaba su aflicción. Las comisuras de sus labios se le inclinaban hacia abajo y temblaban al igual que todo su cuerpo. Tenía la cabeza gacha y el cuello en la misma posición.

Por sobre los hombros le caía una fina manta de tela en tono grisáceo, que le cubría parte del cuello y espalda. Una camisa de madrás moteada de verde oscuro hacía juego con el pantalón de loneta color caqui. Ambas prendas muy amplias para su complexión. Aquellos pies que poco a poco habían perdido la movilidad iban cubiertos por unas sandalias negras de plástico con un diseño básico entrelazado por dos tiras de cuero.

-Pues tiene fiebre y tiembla mucho y no ha querido comer desde temprano. – le detalló la señora un tanto preocupada al doctor.

-Sí, ya veo. –respondió el doctor.

El doctor se levantó de su silla. Tres pasos y un estirón de brazo bastaron para que agarrara el termómetro de la repisa.

-Le voy a tomar la temperatura- dijo el médico dirigiéndose al señor en silla de ruedas.

El señor simplemente asintió.

En menos de un minuto el termómetro ya se hallaba debajo del brazo del paciente.

-Tiene 38°C – dijo el doctor con el termómetro en mano.

-Mire señora, le voy a recetar medicamentos, pero le recomiendo que le dé un baño con agua fría y si no se puede, mínimo póngale compresas con hielo.

-Sí, está bien “doc”.

El doctor tomó un abatelenguas del frasco de vidrio y se dirigió al paciente, a quien le pidió que abriera la boca y en un atisbo repentino le insertó el pequeño molde de madera en la lengua hasta dejar ver el estado de su garganta. La pequeña úvula se movía de un lado al otro tan inquieta como la esposa del señor.

Al verificar que no tenía infección y que las amígdalas no estaban inflamadas, se dio media vuelta para lavarse y desinfectarse las manos en el lavabo que se encontraba en la esquina de la habitación, frente a la camilla de exploración que contaba con un escalón y un taburete, accesorios que frecuentemente soportaban el peso de los niños que aún no alcanzaban la camilla.

De regreso a su asiento, el doctor arrojó el abatelenguas en la bolsa verde que recubría el cesto cromado ubicado a la izquierda del escritorio, donde ya se hallaban acumulados varios palitos más  apilados y representaban a los pacientes que atravesaban la pequeña sala de Atención Médica Continua.

Pasados tres minutos, el médico con voz ronca anunció el diagnóstico: Fiebre.

El sonido de la impresora se activó y rápidamente imprimió la receta electrónica de formato prediseñado. Después de diez minutos el paciente junto a su esposa hicieron su recorrido por el pasillo con destino a la sala donde le otorgarían sus medicamentos.

                                               +++

 

Foto crónica Vianney

22:30: la silla detrás del escritorio se quedó vacía por algunos minutos. El doctor salió por los pasillos buscando algunos documentos. Dentro del edificio relucían en las paredes diversos carteles y señalamientos en tonalidad verde que informaban las secciones a las que correspondían los pacientes dependiendo de sus padecimientos.

La sala principal parecía el sistema nervioso. Contaba con dos áreas importantes: la central y la periférica. Dentro de la sala de urgencias estas áreas están formadas por cubículos, cada uno dividido por una densa cortina antibacteriana moteada por un verde pálido que ofrece un acceso rápido tanto a los pacientes como al personal médico.

Por su parte, la sección central estaba constituida por 5 cubículos o neuronas denominados primer contacto, curaciones, yeso, observaciones y sala de reconocimientos múltiples, títulos que se leían en grandes letras blancas. Cada sector contaba con una camilla, a excepción de la sala de observaciones, donde se encontraban 3 camillas enumeradas ubicadas al fondo del área general, frente a la farmacia del hospital.

En la sección periférica se encontraban dos cubículos que fungían como consultorio y farmacia, donde se encontraba el reducido número de medicamentos que ofrecía el hospital.

Debido a que en el hospital se trabajaba una jornada de 24 horas, existían 3 turnos. La actividad diurna iniciaba desde las 7 de la mañana hasta las 2 de la tarde, seguida por el turno vespertino que abarcaba de 2 pm a 8:30 pm y finiquitaba con el horario nocturno que cubría 9 horas y media  a partir de las 9 pm.

El servicio de limpieza intermitentemente aseaba el área, fregando los pisos con el trapeador y una vez que había quedado limpia la zona, la desinfectaban con productos específicos para ello.  Dentro del hospital se respiraba un aire limpio. Olía a aquellos aromatizantes que usualmente colgaban del retrovisor de un auto familiar.

23:15. El silencio gobernaba dentro del hospital.

23:25. Los pacientes dejaron de llegar. De pronto una leve melodía comenzó a sonar. Enrique Bunbury cantaba en toda la sala a través del teléfono móvil del enfermero en turno. El acorde atravesaba los corredores iluminados del hospital, las lámparas circulares abarcaban los metros de pasillo en la estancia.  La gutural voz de Bunbury creaba una copla perfecta con la oscuridad que se filtraba por los grandes ventanales y las paredes vidriosas.

23:45. En la antesala, sentadas en sillas de oficina, se encontraban dos internas jóvenes, una más alta que la otra, peliteñidas y recién graduadas; en una silla aparte un enfermero treintón pasado de peso las acompañaba. Se habían puesto de acuerdo respecto a las horas placenteras de sueño que a cada uno le correspondía. Habían acordado levantarse cada 2 horas. A la pasante más pequeña la iban a despertar a la 2:00 am, a la siguiente a las 4:00 y al enfermero a las 6:00 am.

Las tazas de café resonaban en busca del néctar de los mañaneros y los desvelados y se volvió un frenesí cuando se dieron cuenta que el agua caliente se había agotado en la planta baja. Todo quedó apacible, sin ruido. Los pacientes habían dejado de llegar.

*La autora es alumna de la licenciatura de Comunicación de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), México, y la presente crónica fue elaborada para acreditar parcialmente la asignatura de Géneros Periodísticos.

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