Crónica

Cuando pitcheé por cien mil pesos…

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Pako Domínguez/

Siempre me ha gustado la idea de hablar en público y, sin embargo, suelo sufrir de nervios cada que estoy en un escenario.

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El martes de la semana pasada llegué con algunos amigos a Guadalajara para la octava edición de Campus Party México. Quizá se enteraron porque Ito, publicista al fin, hizo que medio Tabasco lo supiera (excepto la prensa). Joel, Ivan, Paola y Bruno completaron el grupo.

Recién aterrizamos, se nos hizo saber que podíamos participar en el Hackathon, una competencia en la que gana aquel que use la tecnología para resolver una problemática en específico. Decidimos entrar. No llevábamos preparado absolutamente nada y aun así, había cierta fe en el grupo acerca de lo que podíamos lograr.
Por algunas situaciones, solo nos pudimos inscribir Paola y yo. Teníamos la idea: crear una aplicación de educación financiera. Teníamos el primer problema: no somos programadores, ni desarrolladores web, ni nada que se le parezca. Joel resolvió el inconveniente y, a media noche del miércoles-jueves, le dijo a Karla Lorena -quien para ese momento jugaba Nintendo- «¡Oye! ¿Eres programadora? ¿Quieres estar en nuestro equipo?». Ella resultó ser programadora y aceptó estar en nuestro equipo.

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El viernes recibí un mensaje, Mariana Duarte encontró mi número telefónico pegado en el tablero de anuncios y me dijo que podía ayudarnos en el diseño gráfico y en programación. El equipo estaba completo.

Y empezó el juego. La primera fase era definir conceptualmente el proyecto. Lo hicimos. De 40 equipos, clasificamos 20 a la segunda ronda. Se nos dijo que estábamos en el lugar número 13 y que debíamos esforzarnos para pasar a la tercera ronda.

Curioso fue que todos los equipos clasificamos a la tercera ronda, presentando bocetos del prototipo tecnológico que estábamos desarrollando. Ésta ronda consistió en presentar nuestro prototipo ante gente de Citibanamex y Billpocket. Era el último filtro para llegar a la final, que consistía en hacer un pitch en uno de los escenarios montados en Expo Guadalajara para el evento. Nunca supe por qué, tal vez porque no entiendo de códigos web, pero nuestro prototipo tuvo problemas para andar en tiempo real y parecía que quedábamos fuera. Y, a pesar de eso, algo les llamó la atención, porque mientras intentaba distraerlos con los conceptos que desarrollamos sobre la marcha, hubo tiempo para responder preguntas. -Al rato nos muestras el prototipo bien -dijeron.

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Estábamos fuera. Esa ronda consistía en presentar un prototipo y no lo hicimos. No sé qué pasó por la mente de Rena y Mariana, que siguieron programando. Como si todo marchara bien.
Una hora después anunciaron a los finalistas. Nuestro equipo estaba en la final

Acostumbrado a contar chistes y hacer conversaciones con extraños, la noche anterior me había dormido a las 6 de la mañana porque estaba conociendo gente e invitándolos a negocios multinivel. Fue el entrenamiento que utilicé en dado caso de que pasáramos a la final. Algunas personas me dijeron: «Fuimos finalistas en el Hackathon de Zacatecas; nos faltó un buen pitcher. Contigo hubiéramos ganado».

Así que, tras perder más de la mitad de las actividades del Campus, los esfuerzos habían dado frutos. Tenía cinco minutos para exponer nuestra idea. Si ganábamos, tendríamos 100mil pesos y la victoria en uno de los hackathones más grandes del mundo.

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En nuestra categoría compitió Payit. Más de 90mil descargas y 25 pesos si bajabas su app, me hicieron pensar que ellos ganarían.

Mientras tanto, me dediqué a escuchar, por tres horas, dos de mis canciones favoritas: Vivo para Ti y Arde en Mí, fue lo único que sonó en mi mente ese tiempo. Simultáneamente escribí la presentación en Keynote. Recurrí a los memes. En un mundo carente de fe, Dios es la mejor opción. Siguiendo la misma lógica: en momentos de tensión, la risa que los memes te pueden dar, servirán de aliciente.

Le avisé a mis papás que estaba en la final de un evento importante; tardaron en entenderlo. Pamela Uribe me marcó para darme indicaciones; después oró por mí. Joel hizo lo mismo.

De repente, el momento se tornó más espiritual de lo que uno esperaría. Hacía apenas dos días, había caminado toda la Expo GDL, y había pensado: «Dios, quiero estar en uno de estos escenarios el próximo año». Y en menos de 48 horas, el sueño se iba a cumplir.
Dieron las diez de la noche y en el grupo de whatsapp de mi familia, papá me dijo «lo que va a pasar, ya pasó».

Entendí que Dios está en el juego.
Para las diez y cuarto, la tercera llamada se ejecutó, y la fila empezó a avanzar. Ito, que lleva años viéndome predicar, exponer e intentar hacer stand up, se acercó y oró por mí. Él sabe lo que en otras ocasiones me habían hecho los nervios, pero aquí no había margen de error.

Empezó el juego. Subí al escenario a las 10:50 de la noche. Tomé el micrófono e interactué con el público, con los couches y los jueces. Eran los mismos sujetos que habían permitido que pasara a la final sin un prototipo al 100%. No sé qué pasó, pero no tuve nervios. Acaso la gente de Esperanza De Vida que oró por mí, sin saber bien a bien por qué oraba. O tal vez Joel, que mientras grababa el pitch, me felicitaba porque todo estaba fluyendo, provocando risas y que me distrajera un poco. Da igual.

Me preguntaron por qué un banco compraría nuestra aplicación, si ellos ya han desarrollado mecanismos.

Respondí que porque nadie cree en las instituciones, incluyendo a los bancos; por lo menos, no los millenials. La gente aplaudió. Eso no es común en el transcurso de un pitch. También dije que somos una generación que estudia, pero con modos distintos, no por ello con menos interés.

Al bajar, el coordinador del Hackathon nos felicitó. «No sé si ganen o pierdan. No sé lo que pasará, pero entendieron el chiste del juego. Lo hicieron. Se la creyeron. Felicidades». Más de uno me dijo que le había gustado lo que dije. Joel le aumentó gracia al momento, cuando al bajar del escenario me abrazó, celebrando, sin antes haber ganado.

La gente de Infosferas nos entrevistó. Les gustó que dijera que nadie cree en las instituciones y yo respondí que eso lo aprendí en la Iglesia.

Ito se acercó a mí y me dijo: «Pako, por fin lo hiciste. Hoy te superaste, hoy diste el paso». Y es que él estuvo hace 5 años, cuando en el mismo lugar, en el #DesafioX2 me ganaron los nervios mientras contaba lo que hacía con Siempre Kise Ser. Ahora era distinto.

Algunos dijeron que fue el mejor pitch de la noche. Un buen cumplido, considerando que habían pitchmans consumados en esa categoría.

Y luego pasaron todos los demás. A media noche dieron resultados. Amigos, más de uno nos pronosticó mínimamente un segundo lugar. No logramos ni el tercero. Y ahí terminó el sueño. No había más.

Me tomó media hora asimilarlo. Cuando estuve en condiciones, me acerqué a los jueces. Me felicitaron y me dijeron que soy buen vendedor (¿influirá el que me dedique a eso?). Un chico de 19 años me dijo: «Nadie le ha hablado con tanta energía a mi papá en los últimos 20 años». Su papá es un alto ejecutivo de Banamex. Después me felicitó por mi discurso. De nuevo, dije que lo más notable de la presentación lo había aprendido en mi Iglesia. El muchacho me contestó que es Jesuita y al decirle que soy Protestante se sintió un poco desconcertado. Eso no evitó que le dijera que los Jesuitas me caen muy bien. Nos dimos un «Dios te bendiga» a modo de despedida.

Me despedí del padre de mi nuevo amigo. Me dio su tarjeta y me dijo «llámame». Quizá un día de estos vayamos por unos tacos de La Minerva, a donde fui a cenar con mis amigos para celebrar que habíamos llegado a la final.

El del Uber nos preguntó qué tal es el Campus Party, le respondimos que muy bueno. «De hecho, acabamos de perder 100mil pesos en un concurso».
A las 5 de la mañana, mientras deambulaba por los diversos stands del evento, me topé a dos chicos tocando ukeleles. Me quedé con ellos y después de un rato se anexó alguien más al grupo. Era el organizador general del Hackathon. En la plática surgió que habíamos sido finalistas. Él, y su amigo (¡que organizó las peleas de robots!), nos invitaron al after party del #CPMX8, pero no fuimos porque nuestro vuelo salía temprano.

Debo agradecer a FUERSAMx y a Nacho Lastra Marín, quienes corrieron con todos los gastos para que estuviéramos en tal evento. Sin conocer más que algunos de nuestros proyectos, creyeron en nosotros y gracias a ellos vivimos esta aventura. También a Nata Manjarrez, mi jefe, por darme permiso de ausentarme cuatro días en fechas importantes de trabajo.

Uno suele pensar que los jueces son los catchers, yo creo que no. Seguro que Dios ha de tener el guante y está detrás del plato de home. Él juega en mi equipo, o más bien, yo juego en el suyo.

El sábado, unos minutos antes del pitch tuiteé: «Dios está en el juego». Y lo estuvo. Lo sigue estando.


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