“Hoy fui a recoger mis recuerdos del Pino Suárez”…

Mañana comienza la mudanza de todos los locatarios e iniciará la demolición del mercado público más antiguo de Villahermosa. Volver a caminar los pasillos para desandar los pasos es regresar a un pasado que uno no quiere remover de estas paredes y pisos. Preferiría uno quedarse entre los muros y los escombros bajo tierra para dejar intacta la memoria./

Víctor Ulín/

Hoy fui a recoger mis recuerdos al Mercado Pino Suárez. A mirar tantos rostros que ya no están. A tomar de la mano a mi madre como la última vez –hace muchos años- que caminamos juntos buscando a don Hernán, el vendedor de trompos de dos colores, de canicas de cristal, de baleros y yoyos de madera. Hace ocho meses falleció.

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Los rostros que ya no están.

 

Mañana comienza la mudanza de todos los locatarios e iniciará la demolición del mercado público más antiguo de Villahermosa. Volver a caminar los pasillos para desandar los pasos es regresar a un pasado que uno no quiere remover de estas paredes y pisos. Preferiría uno quedarse entre los muros y los escombros bajo tierra para dejar intacta la memoria.

Mientras avanzo y registro fotos de los locales y pasillos  aparecen los rostros de hombres y mujeres de los que nunca supe su nombre. Fantasmas que también embolsaré y llevaré a casa conmigo este medio día. Son parecidos al señor que me ofrece insistente un maso de perejil o bolsa de limón, o los que me piden con la mirada que compre algo.

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El mercado José María Pino Suárez en la víspera de su demolición.

 

Vine a despedirme de los que ya no están. Nadie, solo yo, sabe que esta será mi última visita al mercado que conocí desde niño por voluntad de mi madre que decidió que su hijo menor la acompañara y, -cual hombre en ciernes-, fuese oficialmente el responsable de cargar el morral repleto de verduras y la despensa de la semana. Un pastelito relleno de merengue era el pago al privilegio de cargar el morral de mamá.

Cuando crecí y mi madre dejó de llevarme, seguí viniendo a veces a tomarme un pozol con un dulce de coco o a comerme un puchero buscando el sabor de casa. Pero desde los días que murió mamá no volví a caminar por los pasillos de este mercado que ahora me parece tan pequeño, tan endeble, tan envejecido, preparado para ceder su lugar a otro más joven.

La última vez que me acerqué, sin recorrerlo, fue para visitar a don Hernán y escribir su historia.

Sentí que tenía una deuda pendiente con el hombre que me procuró el trompo de dos colores y las canicas de muchos que alegraron la etapa más feliz de mi vida.

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Para don Hernán debí ser uno más de los niños que llegaba acompañado de su madre a comprarle un trompo. O quizá no.

Nunca se hubiera imaginado que uno de ellos volvería años después a preguntar por él y a despedirse. A escribir su historia.

Antes de este domingo había intentado localizarlo. Vine ex profeso a buscarlo, pero esa vez no lo encontré y tampoco pregunté a nadie por su paradero. Pensé que no había venido a trabajar. Pasó el tiempo y volví hasta este domingo a buscarlo, en la víspera de que sea demolido el mercado.

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El puesto donde alguna vez don Hernán vendió trompos.

Murió hace ocho meses de una enfermedad que lo mantuvo postrado dos años en cama, me confía una mujer que, impávida, congelada sus facciones, permanece sentada a un lado de su cajita de dulces, cerca del puesto –vacío- donde don Hernán colgaba los trompos.

-Después de dos años se murió- agregó ella.

Fue un instante raro. Lloré. Lloré  en silencio mientras terminaba de recorrer el mercado e irme. Salí con mamá tomado de la mano y nos despedimos del mercado y de don Hernán.

Yo, repleto de recuerdos, me traje el morral a casa.

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