Juan Gabriel somos todos

Columna Sin Remitente/ Carton Chavo del Toro/

Víctor Ulín/

No recuerdo  en qué momento comencé a tararear sus canciones. Ni cuántos años tenía. Nunca asistí a un concierto suyo ni compré sus discos en sus tiempos de mayor éxito.

Apenas el año pasado pagué alrededor de 200 pesos por un CD de su producción de “Dúos” que  todavía conservo y escucho.

Lo más cercano que estuve de Juan Gabriel fue a través de mi madre que asistía, -no sé desde cuándo tampoco-, al Palenque de Gallos para verlo cantar, y recientemente a través de una serie bien producida -“Hasta que te conocí”- que transmitió Televisión Azteca.

Para escuchar las canciones de Juan Gabriel no era necesario comprar sus discos. Era un cantante ubicuo: lo mismo se escuchaba en las estaciones de radio, que en las taquerías, las ferias, en el transporte público, en los bares, en las cantinas, en los cumpleaños, en las  bodas, en los aniversarios, en los bautizos, en los mítines políticos, en los velorios…

Sus composiciones eran también nuestras historias. Hablaba de nosotros. De la vida, de la nuestra. Cantó por nosotros. Todos, por eso, somos Juan Gabriel.

Todos, sin excepciones, nos miramos en sus letras y  en cada frase nos encontrábamos. Por eso su muerte repentina –pero siempre esperada, nadie puede ni podrá evadirla- nos duele y nos revela de nuevo esa máscara contradictoria de los mexicanos: amamos lo que condenamos.

Muchos, egoístas, no soportaron sus triunfos, y recurrieron a la difamación para tratar de desacreditarlo. Hoy, de nuevo, volvió a vencerlos y muchos ahí están,  llorándolo y lamentando su deceso.

Su grandeza musical y humana, paradójicamente, solo se dimensiona ahora, ya muerto, como suele suceder siempre con los grandes que trascienden sus tiempos, que son inmortales.

Su muerte rápida, -diría un amigo-, compensó lo mucho que sufrió para alcanzar su sueño de cantante.

Murió como quiso. Vivió como quiso. Fue, en vida, lo que quiso ser, y nunca renunció ni se traicionó así mismo. En eso radicó su autenticidad. Fue más hombre y valiente que muchos que lo presumen.

Nadie podrá negarle su lugar entre los grandes de la música mexicana. Su leyenda comienza.

Será un amor eterno.

Descansa en paz.

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